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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Tíbet y las olimpiadas

Isaac Bigio
Isaac Bigio
martes, 1 de abril de 2008, 04:16 h (CET)
Cinco meses antes del inicio de las olimpiadas en Agosto, Beijing viene siendo jaqueado por diversas minorías nacionales. Mientras Taiwán contempla un referendo para proclamar oficialmente su separación de China y entrar como tal a la ONU, en el Tíbet se han iniciado una serie de protestas.

Estas últimas vienen acaparando muchos titulares en la prensa mientras que en Occidente éstas son utilizadas para buscar presionar al gobernante Partido Comunista para que vaya liberalizando el sistema político y económico del principal régimen ‘socialista’ que hay.

El Dalai Lama, la autoridad política religiosa que tuvo Tibet hasta antes que él se exilie en India en 1959, acusa a China de haber asesinado a un centenar de sus compatriotas. Sin embargo, The Economist, el único medio occidental que ha estado presente en Lhasa, duda de la certeza de esas cifras o que se haya producido una masacre como la de Tien Nam Men en 1989.

Mientras Beijing acusa al Dalai Lama de impulsar a sus fieles y monjes budistas a hacer violencia y saqueos contra los comerciantes chinos musulmanes del Tíbet, él replica que no quiere afectar a los juegos olímpicos ni que éstos sean boicoteados. El plantea que no quiere la independencia de su país sino que éste tenga mayor autonomía y se le permita a regresar allí para ocupar su anterior liderazgo.

El Dalai Lama no habla de un genocidio físico sino cultural contra su pueblo, aunque los maoístas retrucan que ellos no quieren eliminar a la lengua, alfabeto y nacionalidad tibetanas sino evitar que los sacerdotes budistas mantengan a una de las sociedades más teocráticas, medievales y atrasadas que había.

Si el Dalai Lama ganó el premio Nobel de la Paz y en Occidente se le presenta como el líder de la religión más pacifista, los rojos chinos recuerdan que él se ligó a los nazis y que tuvo una tiranía oscurantista y feudal.

El Dalai Lama llama a sus adeptos a contener la protesta pues afirma que un venado no está en capacidad de vencer a un tigre. Mientras muchos creen que el budismo es sinónimo de no violencia, lo cierto es que muchas fuerzas budistas usan muchas armas cuando tienen poder (como la dictadura de Birmania, el antiguo imperio militarista del Japón, los terroristas budistas anti-tamiles de Ceylán, etc.).

Para el clero budista tibetano la mejor manera de volver al poder en su país consiste en combinar protestas no muy violentas con el apoyo de las grandes potencias.

Mientras la Unión Europea y EEUU antes promovieron la desintegración de las ‘federaciones socialistas’ de la URSS, Yugoeslavia y Checoeslovaquia, hoy no quieren hacer lo mismo con China pues creen que lo mejor para la estabilidad mundial y para que el mercado siga retornando a este coloso es que la república popular china continúe unida y su gobernante partido comunista vaya gradualmente abriéndoles su economía.

Al utilizar la carta del Tíbet y haber algunas personalidades que barajan llamar al boicot a las olimpiadas chinas, Occidente quiere presionar a China para que ésta no choque con Japón o Taiwán, les ayude a desarmar a Corea del Norte, no se una tanto a Sudán, Zimbabue y otros países africanos que ellos no ven bien y que ésta vaya moviéndose hacia un sistema multipartidario que pueda garantizar mejor la inversión privada.

China, por su parte, no quiere abrir la caja de pandora de las nacionalidades. Esta concede cierta autonomía a sus minorías, pero no quiere que su país recorra el ejemplo soviético de ir hacia una desintegración estatal y un declive económico.

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