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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

He tenido un sueño (323)

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 1 de abril de 2008, 04:16 h (CET)
Algo que está al alcance de cualquiera, aunque el que tuvo Martin Luther King sea el que se hiciera más famoso, y que, hasta cierto punto, le costó la vida enunciarlo en voz alta ante todo el mundo. Soñar es uno de los derechos humanos. Los soñadores han movido a los pueblos, al menos cuando los ideales se cotizaban a pie de calle, del mismo modo que en nuestros días se tiene en cuenta el euribor.

El caso es, que, finalizada la alienante campaña electoral, y recontado hasta el último voto, parecía que el panorama político nacional estaba sedado, y, con la conciencia tranquila, el ciudadano ya podía descansar a pierna suelta, y dormir. Y sucede, que, en ocasiones, cuando se duerme, se sueña. Hasta aquí es fácil suponer que nadie esté en desacuerdo. Ya se verá si lo mismo acontece cuando, siguiendo adelante con las líneas de esta impúdica columna, las opiniones resultan divergentes. Pero, un poquito “de por favor”, que se dice ahora -¿hasta qué punto bien o mal dicho?-, y pongan atención al ensueño.

Entre impalpables nebulosas, un número de tres cifras aparecía escrito en caracteres gigantescos y luminosos, como presidiendo todo. Era el “323”, que, de manera intermitente se encendía y apagaba. Debajo de él, y a modo de subtítulo, un cartel señalaba: ¡De 350 escaños, los dos partidos principales ocupan 323 de ellos!... Y ahí comenzó el sueño. Los dos grandes partidos asumían, entendían, aceptaban, y reconocían, la responsabilidad arrojada por las urnas de forma “rabiosamente” meridiana. Era la voluntad macro-mayoritaria expresada por el censo. Ellos dos tenían ante sí la obligación de gobernar lo mejor que supieran el país durante los cuatro próximos años. Atrás se quedaron las peloteras y tirones del moño de la campaña electoral que de poco acaba con la salud mental de los ciudadanos. De la diversidad de opiniones, natural en un país de tan larga historia y etnografía, el resultado era diáfano, 323 escaños para dos grupos muy afines, y los 27 restantes para otros -muy respetables y legítimos-, puntos de vista. A esta altura de educación política de la ciudadanía, la abrumadora mayoría no aplastaría a las representaciones minoritarias, sino que serían tratadas con el respeto, finura y elegancia que merecen. Por encima de todo, la estabilidad iba a estar garantizada. Y la legión de diputados de uno u otro signo aseguraban rotundamente la actitud unánime ante cualquier calamidad en lontananza. Dos “formaciones políticas”, que, según la ordenación vigente son el cauce por el que los ciudadanos participan en el quehacer de gobierno del país, agrupaban 323 ediles en sus respectivas “curules”. 323 aparentaba ser como el número premiado del Gordo de Navidad cuando está “muy repartido”; como se asegura que es lo mejor que puede suceder. Cuando, desde la lotera con su burbujeante botella, hasta la humilde portadora de una participación adquirida en el “súper”, o la señora que las vende en la Puerta del Sol, todos muestran con alborozo su contento y felicidad en ese día.

Si las cosas siguen más o menos bien, como es deseable, y el país va tirando “pa´rriba”, pues los 323 lo celebrarán con despreocupación; terminaran sus serias sesiones y se irán de comilona. Estupendo. El caso es que el paro esté controlado, que los enfermos tengan la asistencia que necesitan -de la mayor calidad y humanidad-, y, que de paso, también, los colegios desde octubre hasta junio cumplan con su papel de desasnar con ilustradas dosis en las aulas a la juventud del país.

323 representantes que respalden la Defensa del país, que, como aquel que “igual sirve para un roto que para un descosido”, lo mismo vigilan las fronteras, que se van por esas tierras a echar una manita para estabilizar la paz en el mundo recién descubierto en su globalidad. 323 representantes directos del pueblo español atentos a lo que sea menester, como la reciente noticia de que hacen falta 1500 senegaleses contratados –no ilegales- para sentar plaza en los barcos de pesca, y un muy largo etcétera, casi interminable, para asegurar el bienestar de toda una laboriosa y bien avenida población.

El sueño tenía tantos visos de realidad y consistencia que hacía sentirse cómodo en él. Como para arrojar el despertador contra la pared, o quitarle las pilas. Frecuentemente, las pesadillas las proporciona la vigilia (el estado del que está despierto), no los sueños que a nadie hacen daño.

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