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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Hubo un tiempo en que…

Marino Iglesias Pidal
Redacción
martes, 1 de abril de 2008, 04:50 h (CET)
Los hombres eran “barbaros” y se subían a los “arboles” para coger los “pajaros”.

Treinta y cinco… cuarenta mil años después, más o menos, o sea hace unos cuarenta, cada fin de semana, yo me decía: Osti, en algunos aspectos tal parece que la evolución no los ha llevado más allá de la tilde – y repentinas exclamaciones -, ¡jota! ¡ni eso! porque la mayoría sigue sin saber que se sube a los árboles para coger los pájaros.

Sí, me llamó la atención el primer sábado que, haciendo un reconocimiento por la urbanización, me encuentro con un nutrido grupo de gente siguiendo con devota atención las palabras y aspavientos de un oficiante sobre una tarima elevada un metro del suelo por unos burros (caballetes).

Después, más de un sábado o domingo aburridos, contemplé el espectáculo, además era gratis, mientras saboreaba una chicha, un raspaito o una tarrita de helado, dependiendo. No había fin de semana en el que el susodicho no hiciera menos de… no sé, no recuerdo, pero seguro que no menos de una docena de milagros.

Era tremendo. Gente que de pronto abandonaba la silla de ruedas a la que habían estado condenados toda su vida y se ponían a correr como locos por el estrado, enyesados a los que se les cortaba la coraza que abrazaba su tronco protegiendo la rigidez de su espina dorsal y ahí mismo cimbreaban con tal ímpetu y reiteración que habrían causado el asombro del mimbre más flexible…

Para uno, que en esto de fe religiosa como que no, estas cuestiones sólo se podían dar en países subdesarrollados, o en países del primer mundo, pero en las comunidades subculturizadas que nunca les faltan.

Bueno, pues estos recuerdos y pensamientos me los traen los tantos escritos aquí, en SIGLO XXI, versando sobre religión… Hasta he visto uno que, más o menos, no logré leerlo con atención, venía a “razonar” algo así como la demonización del yoga.

Me asombra y me hace sentir vergüenza de especie a qué punto puede llegar la cagazón a la muerte, la ignorancia, y lo que es más grave, la incapacidad de raciocinio, que ha conseguido que al mundo sólo le falte media manga para estar completamente del revés.

¿Cómo a estas alturas se puede creer en un Dios omnipotente todo bondad y sabiduría? El argumento más sólido para avalar su existencia, al menos en tiempos de mi infancia, era lo de, “El reloj lo hizo el relojero y el mundo lo hizo Dios. No hay reloj sin relojero ni mundo sin creador” Está claro lo del reloj, pero es que no está menos claro que el mundo es una autocreación autorregulable, al menos hasta la aparición del hombre. Y esta apreciación la justifica plenamente la intemporalidad del universo. El tiempo es una dimensión inventada por el hombre, algo que nada tiene que decir en el mundo y que permite que éste, sin estar sometido a ningún plazo temporal, pueda hacer y deshacer sin prisa en una constante búsqueda de equilibrio empujada por sí misma. Cuando al Sol se le va la mano los glaciares se funden hasta equilibrarse con la nueva temperatura. Cuando la humedad propicia el aumento vegetal aumenta la población de animales vegetarianos, que provoca el aumento de la de carnívoros… y cuando se restringe lo uno, por fuerza se han de restringir los otros, y cuando la restricción se hace insoportable pues unos mueren y otros se adaptan a otra forma de vida posible para ellos, ¡o no se adaptan! y desaparecen, ¿y qué? No pasa nada, de sus carroñas y nuevos entornos nacen otros adaptados al medio. Y así, un desequilibrio buscando permanentemente equilibrarse.

La naturaleza ni siquiera es estúpida, es simplemente antiparabólica porque puede serlo, dispone de todo el “tiempo” del mundo, al menos así era hasta que su indolencia permitió la aparición de esta especie nefasta que es el hombre. Pero es que, si la cagazón por la muerte y el simplismo mental, les impide a muchos ver lo evidente, algo más evidente aún: Ésta, ya saben cual, y todas las Iglesias, Zapatero, Fernández de la Vega, José Blanco, Fernández Bermejo…, toda esa… gente que vive de y para el mundo “rosa” – un eufemismo que abarca los diferentes matices del color amarronado ¡y el olor! de la mierda común -, la Sexta de TV, La Cope, El País, etc. etc. etc., los engendros que violan y asesinan, los jueces que permiten que los tales sigan ejerciendo de lo que són… Nada de todo esto existiría de ser cierta la existencia de Dios, ¡está clarísimo!

Y sin embargo, a pesar de todo, ahí sigue el personal tratando de agarrarse a una metafísica sin agarraderas y viendo al demonio – como he dejado dicho - hasta en el yoga. Con lo fácil que, también, es entender esta disciplina. Claro que existen tal cantidad de papanatas que pueden liar, pero ¿a quién? A quien carezca de un elemental sentido común. ¿Qué hay que saber para entender que, si te la pasas acostado o sentado y que cuando caminas lo haces ahuevonado, si en algún momento echas una carrera brusca tus tendones de Aquiles se van a poner a echarte pestes, por ejemplo? Bueno, pues mientras haya en tu cuerpo elementos a los que no les haces el oportuno mantenimiento, estos elementos te van a estar diciendo aquí estamos, y nos estás “oyendo” porque nos tienes desatendidos. Mientras que si los estiramos con cariño, les dotaremos de una elasticidad que les permitirá responder a cualquier exigencia sin quejarse, sin hacerte llegar una queja que no va a existir. Y si no olvidas que la mente es una expresión de tu cuerpo, tendrás entonces un ser que eres tú y que no te dirá ni mu, no te sentirás a ti mismo porque nada de ti te hará ningún reclamo. Esto hará que, por ejemplo, en cuanto te sientes o te acuestes, en definitiva, cuando no tengas que encargarte de mantener tu equilibrio, dejarás de sentir tu cuerpo, perderás la consciencia de él. Una sensación sumamente placentera de ser sólo mente, sin el lastre que es el cuerpo, un lastre que muchas veces resulta ser un rompecojones inaguantable. Y si quieres ir un poco más allá y entender qué es lo que debieron buscar estos majaras que llevaron hasta el límite su experiencia, ya lo he dicho, la gente no acepta su desaparición absoluta con la muerte, está empeñada en un más allá que le haga aceptar lo que les resulta inaceptable. Pues bien, elemental, ¿qué es lo que nos separa de la muerte, de la posibilidad de husmear en ella: la vida?

En ese estado de profunda relajación que obtenemos con la práctica del yoga, rebajamos al mínimo nuestras funciones vitales, esto hace que algunos majaretas hayan querido, y siguen queriendo, majaretas nunca faltarán, apurar al límite este logro; para decirlo de la forma más inteligible posible, querrían llegar a la condición de muertos sin dejar de estar vivos, de esta forma echarían un vistazo y volverían, o se quedarían, según lo que vieran.

Oño, vale, cree en lo que puedas si eso te consuela, pero no mantengas a espabilados – instituciones o individuos – que se aprovechan de ti y que son nocivos para la evolución de esta especie “inteligente”, y entiende ¡que el gato tiene cuatro patas! Déjate de inventar.

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