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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Mariano el indeciso

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 30 de marzo de 2008, 22:09 h (CET)
Cuando se confía en la victoria electoral y los votantes se empeñan en darles la espalda algunos políticos se encierran cual un caracol en su habitáculo en espera de mejores tiempos. Algo así le ha pasado a Mariano Rajoy cuando antes de la medianoche del día 9 de Marzo vio, desde lo alto de ese mítico balcón de la calle Génova, cómo todas sus esperanzas de sentarse en el primer sillón del banco azul del Congreso de los Diputados desaparecían del horizonte electoral hasta dentro de otros cuatro años. El lunes siguiente Rajoy estuvo “missing”, nadie sabía de su paradero, y recomenzaba esa larga travesía del desierto que ya había iniciado en aquellas luctuosas jornadas de Marzo hace cuatro años. Cada día que pasa Mariano Rajoy ve más lejanos los salones monclovitas y más cerca su sillón de despacho de Registrador de la Propiedad en Santapola.

A la vista de lo escuchado y leído desde el 9-M hasta ahora Mariano Rajoy debe andar pensando que con amistades como las que tiene no le hacen falta enemigos. Dicen los marinos que las ratas son las primeras en abandonar el barco cuando intuyen el naufragio y la misma actitud suelen tener algunos de los denominados amigos y conmilitones cuando ven que aquel en el que habían depositado todas sus esperanzas está, de nuevo, en el mismo punto muerto de salida que cuatro años antes. Algunos de los gurús de los medios de comunicación que habían arropado a Rajoy en su camino hacia la Moncloa le han vuelto la espalda nada más conocer que, por ahora, no podrán acudir a preguntarle “¿qué hay de lo mío?”. Desde las páginas de El Mundo su director le ha lanzado algún que otro varapalo mientras desde la emisora de los obispos Federico, siempre Federico, le llamaba de todo menos bonito. Rajoy debe estar al borde del agnosticismo al ver el pago que recibe de los monseñores después de haber procesionado junto a ellos en contra de Zapatero. Cría cuervos, negros cual sotana, Mariano que ya ves lo que hacen.

Y a pesar de que el dirigente popular resucitó políticamente al segundo día la muchachada de la gaviota anda cabizbaja, cariacontecida y con un cierto despiste en el alma al no saber quienes van a dirigir el partido en estos otros cuatro años de oposición. Están todos “en funciones” como dijo Zaplana ante las preguntas de la prensa después de haber dimitido como portavoz antes de que le enviaran al motorista con el cese en el bolsillo. Nadie, esperemos que Rajoy si lo sepa, sabe los nombres de la nueva cúpula popular así como también todos desconocen cual será la política a seguir en este nuevo periodo, la bronca perpetua o los acuerdos puntuales con el Gobierno. Hace unos meses cuando llegó la hora de confeccionar las listas electorales sucedió algo semejante y el líder del PP esperó hasta última hora para dar a conocer los nombres de aquellos que serían premiados con un escaño en las Cortes. Mariano emulando ante los suyos a los maestros del suspense.

Los nervios han aflorado estos días en las huestes populares, los codazos han abundado entre los aspirantes a un buen lugar y los barones territoriales, y alguna baronesa, han comenzado a mover ficha para colocar a sus peones en los puestos que van a quedar libres en la dirección y que van a ser los que dirijan la política del partido durante los próximos cuatro años. Francisco Camps y Esperanza Aguirre muestran sus ases, la victoria del PP en sus territorios, y cada uno quiere colocar a los suyos para ir allanándose el camino hacia la Moncloa. Un tercer tropezón de Rajoy, si es que llega a disputarla, en esa carrera le apartaría definitivamente de la política de primera línea y la calle Génova se constituiría en sede vacante con varios aspirantes a salir nombrados “papa” del concilio a celebrar bajo las alas de la gaviota. Esteban González Pons y Soraya Sáenz de Santamaría tienen todos los números para ocupar una de las vacantes pero también suenan los nombres de Juan Costa y Manuel Pizarro e incluso los ya un poco chamuscados de Ignacio Astarloa y José María Michavila.

La solución a esta quiniela la tendremos el próximo lunes cuando en la reunión de la cúpula del PP su líder dejará de subir y bajar escaleras y pondrá sobre la mesa el nombre de su equipo para los próximos cuatro años. Todos los ojos están puestos en Ángel Acebes que al contrario que Zaplana no se ha marchado a casa y sigue aferrado a la poltrona para mayor alegría de los guionistas del programa “Polonia” de TV3 que ven cómo su campaña “Save Acebes” está a punto de triunfar. Sería una verdadera lástima que les dejaran sin uno de sus principales personajes, aunque si ello sucede tienen un buen filón en los dimes y diretes de Carod Rovira y Puigcercós.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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