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Etiquetas:   ARTÍCULO  

Humoradas, LXXXI

Daniel Alonso Safont
Redacción
lunes, 31 de marzo de 2008, 22:00 h (CET)
“Creer sólo en esta verdad: todo es mentira” Humoradas, LXXXI

Antes de nada, una simple comparación que ilustra la fotografía de Joan Fontcuberta (o al menos esa es la conclusión a la que he llegado). De la misma manera que cuando Marcel Duchamp exhibió sus célebres readymades – objetos de uso común, como un botellero o un urinario de porcelana, que desligados de su contexto, uso y sentido originales, y expuestos en un museo podían ser presentados como arte – Fontcuberta en su búsqueda de verdad ha conseguido eso mismo: hacer historia pero de una forma totalmente desfiante al re-plantearse la base ideológica de la propia fotografía como máxima expresión de la realidad. En ese camino, probablemente sin quererlo, producir obras de arte.



Joan Fontcuberta.


Jugar a la verdad que nos ofrece la fotografía ha sido y es un tema que hoy en día no está cerrado, sencillamente porque no se sabe muy bien donde enmarcar a la propia fotografía y porque desde mi punto de vista la mayoría no parece prestarle demasiado – o ninguna – atención a estas cuestiones profundamente ideológicas. Para nosotros – una gran parte de-hablar de este tema parece trivial, teniendo en cuenta la educación que hemos recibido, que es principalmente visual y poco reflexiva. Pero no hace demasiado tiempo que hablar de fiel reproducción de la realidad parecía una especie de quimera. Por este motivo al principio de la existencia de la fotografía los debates giraban en torno a la reproducción y a lo que sustituían de forma bidimensional. De forma que se daba por sentada que todo lo que aparecía en una fotografía, por el mero hecho estar recogido por un mecanismo aparato, era verdad.

La historia nos ha dejado grandes películas que giran en torno a la reflexión de la fotografía vs. Verdad: La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcok y Blow Up, deseo de una mañana de verano (1966) de Michelangelo Antonioni. En ellas la contemplación de una realidad sólo se convierte en verdad cuando se reproducen mediante y a través de una fotografía; y yendo más allá, en Blow Up, reflexionando sobre la capacidad de reproducción.

Nos encontramos así en una situación en la que fotógrafos, artistas, o como quiera o deba denominarlos – si es necesario o no etiquetarlos – se mueve Joan Fontcuberta, profesor de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha trabajado sobre la verdad – engaño que nos ofrece la fotografía, o lo que es lo mismo, los límites entre la realidad y la ficción. En sus trabajos siempre ha jugado con la ambigüedad que genera la ignorancia y creerse sin condiciones lo que se nos presenta. Desde el “cosmonauta fantasma” pasando por los “googlegramas” todo se basa en el montaje y en la puesta en escena. De manera que crea sobre el terreno algo que no es real, de la misma manera que el cine juega con nuestras sensaciones (porque nadie pensará que a ningún actor se le pega un tiro, pero el cine de ficción es por naturaleza exactamente eso, de ficción, falso, engaño, sustitución). Por el contrario la fotografía tiene un status de veracidad promovido por su utilización en los medios de comunicación a lo largo de las últimas décadas, y aún sigue siendo así. Hay se encuentran los ejemplo de las fotografías de Abu Ghraib.

Esta serie de montajes que cuestionan prácticamente todo de la misma forma que por ejemplo recreo Orson Welles y su ataque extraterrestre. Algo parecido ejecuto Fontcuberta con la foto de un avistamiento de ovnis construida con 10.000 fotos-teselas obtenidas de introducir en Google, como palabras clave, los nombres de los lugares en los que, según la Iglesia católica, se han producido apariciones de la Virgen María.



Cosmonauta de Joan Fontcuberta.


De esta manera Fontcuberta nos lleva a un extremo de nuestra existencia, de nuestras creencias. Todo es cuestionable. Todo es mentira… sino se atiende a la razón y a la crítica. Para hacernos dudar nos desvía la atención con la minuciosa puesta en escena pero dando pistas, al mismo tiempo, de la falsedad de la propia imagen, porque todo es manipulable. Todo esto apunta inexorablemente a la crítica de la información y los medios de comunicación o como dice el propio autor “los mecanismos autoritarios [que hay] en ella: por qué creemos más en la palabra escrita que en la dicha, por qué los museos otorgan impresión de certeza a los materiales que exponen y otros lugares no, por qué hay plataformas que tienen más verosimilitud que otras. Mi quehacer instaura un escepticismo activo. Pretendo colaborar a que la gente sea precavida; a que haga funcionar su sentido común”.

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