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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

España, ese país… de la flagrante “inJusticia”

Raúl Tristán

domingo, 30 de marzo de 2008, 04:48 h (CET)
La Justicia es un cachondeo.


Sólo a un irresponsable podría ocurrírsele la idea absurda de dejar en libertad a un tipo que es capaz de abusar de su propia hija, a un energúmeno al que ha habido que retirarle la custodia de su prole, a un bastardo capaz de asesinar a Mariluz…

Pero seamos sinceros con nosotros mismos: ¿hay español alguno que confíe en la Justicia que en este país se administra?

Cuando casos como el anteriormente citado se multiplican; cuando los maleantes de cuello blanco al estilo “albertos” pasean a sus anchas por urbanizaciones de lujo tras eludir la cárcel; cuando una huelga de funcionarios de ídem paraliza los juzgados, y el gobierno mira para otro lado, ocultando el malestar de unos profesionales quemados por ver menguar sus sueldo mientras crecen los de quienes fueron “transferidos” a una comunidad autónoma de las del chantaje nacionalista o de los insolidarios fueros constitucionales, como oculta la crisis económica… algo no funciona en este país.

Se impone un cambio profundo en la Justicia. Se impone una separación radical del poder judicial del ejecutivo y del legislativo; se precisa acabar con las asociaciones de jueces, ya sean progresistas o conservadores, y con los apoyos velados o manifiestos a tal o cual línea ideológica; se hace necesario frenar el intrusismo de la política en la vida judicial; y se impone acabar con el intocable lobby de las togas para que, de una vez por todas, el juez que por acción u omisión yerre de forma flagrante en su juicio, se haga de forma fehaciente responsable de sus errores. ¡No más impunidad judicial!

¡Ah! Sí, claro, lo se, me dirán que ¿qué partido político va a ser el que le ponga el cascabel a la Justicia, cuando todos se hayan, más o menos, salpicados por sus espurios intereses? Eso, se lo dejo a su meditación…

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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