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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Se me pone el alma: historia de un poema

Mariano Estrada
Redacción
sábado, 29 de marzo de 2008, 14:49 h (CET)
Este poema no ha sido premiado, pero casi. Fue en Santomera, Murcia, hace ya mucho tiempo, tanto que apenas lo puedo precisar ¿Lustro más o menos? Más de tres. Me llamó el secretario del jurado, para comunicarme que había obtenido el primer premio. Y añadió:

- ¿Qué relación tiene usted con Santomera?
- Ninguna –respondí, tal vez precipitadamente.
- Alguna debe de tener, porque las bases dicen…
- Lo siento, no leí las bases, sólo un recorte de periódico.
- Pero usted habrá estado en Santomera alguna vez, supongo
- No, no he estado nunca.
- Entonces no podemos darle el premio.
- Qué le vamos a hacer, el que venga detrás quizás se alegre.

Se notaba –o lo noté yo-, que quería darme el Premio, pero no pudo. La verdad es que podía haber sido de otro modo, como me hizo saber luego Paco Llorca, cuando se lo conté:

- Pero Mariano –exclamó-, ¿tanto te costaba haber cogido el coche y haber ido a visitar Santomera aquel mismo día? Está sólo a una hora. Para cuando te dieran el premio ya hubieras cumplido con las bases…

Vaya, podía haberle dicho al secretario que me llamara por la noche, que acababa de coger una indisposición momentánea: “Por favor, me ha dado un jamacuco, llámeme después de la publicidad”. Pero, bromas aparte, lo cierto es que Paco Llorca le tenía un gran cariño a este poema, no en vano lo recitó tantas veces a lo largo de ocho años: la penúltima en el teatro De Rojas, Toledo, el 26 de diciembre de 1991.

Algún tiempo después, y a causa de un catarro famélico, Paco moría en Benidorm, estando yo en Cazorla con mi familia. Entre los muchos homenajes que le hicimos, destaca el tributado por el maestro José Garberí, ilustre músico alicantino que, además de poner en solfa el poema, le dio una espléndida voz en la persona de su yerno José Manuel Navarro, un joven barítono que cantaba a sus órdenes en la Peña Lírica Alicantina.

Hace sólo unos meses, nuestra entrañable amiga Mar, tal como nos tiene acostumbrados y sólo ella sabe, recreó fantásticamente este poema. Ya sabéis, dedicación, sensibilidad, imágenes y música. No importa que el material sea prestado: ella lo manipula y lo transforma. Porque ella es auténtica.

Por último, a diecisiete años de que lo hiciera el maestro Garberí (Veintitrés desde que fue escrito el poema), un formidable músico asturiano, Marcelino García Sal, ha vuelto a vestirlo de música. Una música que, en este caso, tiene la misión de crear un ambiente adecuado para su declamación o lectura, ya que para eso fue concebida, tal como me ha dicho el autor ¿Música al servicio del poema? Eso, zapato a medida de su horma.

En fin, que, a pesar de los pesares, queda mucha generosidad en el mundo, ¿no? Marcelino fue compañero de Colegio, en la Virgen del Camino, León (De colegio, que no de curso, ya que él es unos años más joven). Y, por supuesto, desconocía la intrahistoria de este poema que, de uno u otro modo, habla del tema de nuestro tiempo y, mira tú por donde, de los estados del alma.

Se me pone el alma…

A Paco Llorca

Se me pone el alma
solitaria y triste,
descreída y vieja,
porque nadie admira,
porque nadie escucha,
porque nadie sueña.

Porque nadie sabe
mantener el fuego

con aquella leña
que nos dio calores
que nos dio esperanzas
que nos dio creencias

Y la vida pasa
como pasa el hombre

que no tiene señas:
sin dejar constancia,
sin hacer ovillo,
sin hacer madeja.

Sin dejar tampoco,
como deja el aire,
como el agua deja,
una marca honda,

una huella firme,
una firma cierta.

Pues si fuimos fuentes
con el agua limpia,
con el agua fresca,
ahora somos pozos
con el agua turbia,
con el agua negra.

Ojalá los hombres,
ojalá las cosas,
ojalá las bestias,
me trajeran sueños
de la Edad de Bronce,
de la Edad de Piedra.

Donde hubiera arraigo,
donde hubiera calma,
donde el tiempo fuera
el reloj callado
de las grandes horas,
de las horas muertas.

Pero nadie sabe
de ese pauso sueño

que nos da paciencia,
porque todo urge,
porque todo empuja,
porque todo aprieta.

y la muerte entierra
los amores hondos,
los quereres dulces,
las sonrisas tiernas.

Pues las ansias mueren
y las glorias pasan
y las prisas dejan
a los hombres solos,
entre sueños vanos
y palabras hueras.

Que los pies se cansan
y los cuerpos sufren
y las almas quedan
como el alma mía,
solitaria y triste,
descreída y vieja.


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