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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Pena ajena

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
viernes, 28 de marzo de 2008, 01:36 h (CET)
Saben mis lectores que no suelo abordar temas de la política. No hay en esta actitud un dejo de exquisitez o de asepsia intelectual. No. Se trata más bien de seguir el estatuto cristiano que reza: “¡No abusarás del débil!”. Para un columnista no hay en el planeta tarea más simple que amarchantarse con “los políticos”, pero en México esto es una verdadera tropelía, una masacre periodística: minuto a minuto la madres y los padres de la Patria dan tema, ora jocoso, ora indignante, ora espeluznante, ora de pena ajena.

Hace algunos años, en Australia, fui testigo involuntario de la dimisión del Ministro de Ciencia y Tecnología al término de una sesión del Parlamento en la que se le acusó de prevaricación por trescientos cincuenta dólares. En Japón, el titular de la Defensa se retiró del cargo por la ola de indignación que produjo una frase interpretada como atenuante del ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki. Ha menos de un mes que el gobernador de Nueva York renunció cuando se pusieron al descubierto sus tratos carnales con una sensacional daifa. Se pueden documentar miles de ejemplos como estos, según nos ha demostrado John B. Thompson en El escándalo político, libro que debiera ser lectura obligada para nuestra menguada clase gobernante.

Mas en nuestro país, como dice un querido amigo, los políticos se benefician, al igual que los cómicos, de la mala memoria del público. ¿Me pillaron recibiendo fajos de dinero? Unos meses después regreso a operar la campaña de un prohombre de la izquierda. ¿Se me cayó el sistema electoral? En poco tiempo recibo un gobierno y una curul y además reencarno en demócrata. ¿Disparé un arma en el estacionamiento de la ONU cuando era diplomático? Regreso al rancho a organizar reformas del Estado y a conducir programas de televisión para promover la democracia. ¿Publicité que mi correligionaria se deja acariciar las piernas a cambio de favores políticos? Mañana digo que fue un eufemismo. ¿Rellené urnas y organicé “ratones locos” del lado de la verdadera democracia? Declaro que fueron irregularidades. ¿Bailé en paños menores en un filme de mal gusto antes de llegar a mi curul? Explico que soy una artista. ¿Mis víctimas revelaron mi pasado de pederasta? Me retiro a un silencio espiritual. ¿Firmé contratos privados como parte interesada siendo servidor público? Pamplinas. Sólo los enemigos de México se fijan en tales minucias. Arriba y adelante, señores, que nosotros somos los decentes.

No sigo con los ejemplos porque no me alcanzarían ni el papel ni la paciencia y además, como mi admirado Catón, ya me encaboroné. Sólo anoto, antes de retirarme, que conozco casos en los que otros ciudadanos también “firmaron un papelito” y por ello se fueron a la cárcel muchos meses, antes de que un juez los eximiera de delito. “Justicia y gracia”, dicen que dijo el de Guelatao.

Molcajeteando…
“En todas partes se cuecen habas”, sentencia mi venerada abuela. Y como muestra, noticias llegadas del imperio son como un alivio para el sufrido y molcajetero pueblo mexicano: el 19 de marzo el Departamento del Tesoro fue distinguido con la disputada “Presea Rosemary” que el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad George Washington entrega anualmente en reconocimiento a la más lamentable conducta de una entidad oficial ante mandatos legales.

La presea resalta “conductas extraordinariamente negligentes hacia el público”, que demeritan la letra y el espíritu de la ley de acceso a la información. Lleva el nombre de la secretaria del presidente Nixon, Rose Mary Woods, en recuerdo del desparpajo con el que borró un segmento de 18 minutos y medio de una conversación clave sobre Watergate en las cintas de la Casa Blanca.

“El Departamento del Tesoro ha dado un nuevo significado al concepto de atención de baja calidad”, dijo el director del Archivo Nacional de Seguridad. “En vez de dar respuesta a las demandas de acceso a la información, el departamento exige a los demandantes presentar una y otra vez las solicitudes de información y destruye las peticiones originales, igual que Rose Mary Woods borró las cintas”.

Anteriores recipiendarios de la presea fueron: la Fuerza Aérea (2007) como “e – delincuente” del año por haber insertado 139 barreras en su página de transparencia, y la siniestra CIA (2006) “por la más dramática caída en profesionalismo y responsabilidad registrada en 20 años de supervisar el cumplimiento gubernamental de la ley de acceso a la información”.

Vaya, pues. Quizá no estemos tan mal acá de este lado del muro.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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