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Irak sin final

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 27 de marzo de 2008, 05:19 h (CET)
Resulta paradójico enunciar la falta de fin para un territorio y conglomerado humano que, con su historia, se remonta al comienzo de los tiempos. Tanto cómo, que, dentro de él se viene situando al bíblico Edén, el paraíso terrenal donde vieron la luz Adán y Eva. La Mesopotamia, milenario vergel entre los ríos Tigris y Éufrates, quedó incorporada al actual Irak una vez trazadas las fronteras al terminar la Primera Guerra mundial con la derrota del imperio otomano, titular de aquellos pagos por aquellos tiempos. Con regla y cartabón, los oficiales ingleses de la comisión de límites, dibujaron un nuevo estado que se otorgó a una monarquía adicta a los aliados victoriosos de aquella salvaje contienda. ¿Alguna no lo es? Pero, de algún modo hay que endosar el adjetivo.

Imposible es de recoger en las cuatro líneas de esta columna la historia de aquellas tierras que entre sus acontecimientos contempló el nacimiento del patriarca Abrahán. Y fue asiento de la torre de Babel, la estúpida ambición de los hombres por alcanzar el Cielo con la mano desde los campos de Sumeria y Babilonia, y que dio origen a la diversidad de lenguas, que ha cedito paso a otra confusión todavía más peligrosa y contemporánea, la de las ideas. El Islam invadió el territorio cuando ya estaba cristianizado, y albergado a muchos de los “primeros padres” del Cristianismo. Más, para su desgracia, no tuvo la suerte que le cupo a España, que, con su Reconquista, alejó a las huestes de Mahoma de toda la península ibérica, hasta el momento, al menos… Todavía los cristianos caldeos allí residentes –sobrevivientes-, están teniendo que emigrar a otras latitudes, y no por un nuevo empuje del Islam, sino como consecuencia de la guerra civil desatada tras la invasión norteamericana y su “coalición”.

A las riquezas naturales de Mesopotamia ha habido que añadir, en el siglo pasado, el petróleo para más enredar la historia. Un sátrapa sanguinario, Sadam, mantuvo el país con puño de hierro y bombas de exterminio intensivo. Los “americanos” le arrebataron el control de los pozos, y lo destinaron a colgar de una horca que se pudo ver “globalmente” en Internet. Más no se arregló nada con este ejemplar castigo al tirano; la ocupación ha costado, hasta hoy, cuatro mil vidas de norteamericanos, y miles de miles más, de iraquíes de distinta etnia y pelaje. La mayoría religiosa sometida por Hussein, y restablecida por los invasores, no cesa de ajustar cuentas pasadas. El llamado “terrorismo”, para simplificar, ha tomado carta de naturaleza en la vida cotidiana del país, y con su explosiva presencia se lleva cada día nuevas vidas por delante.

Háganse, quienes puedan leer esto, con una mágica bola de cristal para elucubrar acerca del porvenir de esta pisoteadas tierras del planeta, porque ni la mismísima pitonisa de Delfos -iluminada por el dios Apolo-, sería capaz de señalar hacia donde se encamina en su destino. Los árabes sunnitas eran protegidos por Sadam, y los árabes chiitas sus enemigos, ahora estos últimos gobiernan y su credo es el mismo que gobierna en Irán, su principal frontera, el de los ayatoláes. ¿Captan la relación que puede tener en todo este embrollo el Irán “nuclearizado”? ¿Qué imprevisible final tiene la actual situación?

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