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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Madrid, ciudad sin ley

Mario López Sellés (Madrid)
Mario López
viernes, 28 de marzo de 2008, 01:47 h (CET)
La corrupción está tan sumamente bien asentada en la Comunidad de Madrid que casi podríamos elevarla a enseña de la Villa y Corte. No existe otro rasgo cultural autóctono que más unanimidad concite entre la ciudadanía y menos quejas provoque del usuario. Administradores y administrados tienen al BOCAM y al BOAM como dos divertidos textos que sugieren infinidad de transgresiones.

Los administradores han descubierto cuánto más atractivo es el contrato de mantel que la tediosa labor de comparar sórdidas memorias de proyectos absolutamente aburridos ¿Cómo no va a ser mejor proyecto el que viene abalado por unos señores encantadores que te llevan a comer al Asador Donostiarra y, encima, te premian con una propinilla que viene de lujo para mantener la categoría que ha de tener toda autoridad, que el defendido por un sieso que a lo único que va es a darte la brasa con ininteligibles cálculos estructurales, topográficos, geodésicos y luminotécnicos? Vamos, que el administrador madrileño tiene clase, cojones ¿Cómo le vamos a dar los cursos del plan FIP a ese muerto de hambre que se ha gastado toda la pasta en pagar a un profesorado cualificado y en unos ordenadores que parecen de la NASA, en vez de invitar a los responsables del Servicio Regional de Empleo a un buen corderito asado en El Senador? Aquí lo que hay es mucho comemierda, coño. Eso es lo que pasa. Además, ¿habrase visto?, ¿a quién se le puede ocurrir pagar a los expertos de la Comunidad lo que manda la ley? Nada, a esos mercenarios de la formación ni agua; que les quiten la mitad del sueldo y de contrato laboral, nada de nada. De negros, que es lo que son. Y los alumnos: que les den por culo; si no vienen a clase, a mí como si les operan pues ya estoy yo para firmar por ellos. Je, je. Y para abrir un negocio, paciencia, que habrá que ver si conviene al interés general de los funcionarios del Ayuntamiento. Y si no quieres esperar tres años para abrir el bar de mierda ese que te va a llevar a la ruina, pues cotiza. ¿De qué se creerán estos pringaos que vivimos los funcionarios?

Los administrados también son buena gente. La comisión de infracciones al Código de Circulación y ordenanzas municipales se solventa con un “simpa” y a correr. Madrid, ciudad sin ley, es la capital donde puedes hacer de todo menos el pringao. Ya lo sabes.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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