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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

“Revotan” y alborotan. ¡Esos son los buenos!

Marino Iglesias Pidal
Redacción
sábado, 22 de marzo de 2008, 17:15 h (CET)
Equidad (en su esencia).- Disposición de ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece.

Equidad (en su democracia).-Decisión de dar a cada ente según los votos que pueda aportar.

Un Gobierno o un partido político “democráticos” siempre han de prometer lo habido y por haber – de no ser así no tendrían vida – y, para empezar, ni uno ni otro de su peculio pueden dar, ya que éste no existe, el de sus integrantes es privado y de sentido único. De lo por haber nada que ver. Y de lo habido primero repartido, y el que parte y reparte… primero sangrarte.

El Sistema no es un mamón descerebrado, y a la hora de devolver lo tiene muy bien pensado. Según su logística, como no embarra la estadística, el que se jode dando el callo, que se quede de lacayo, raso y sin librea. Al que está de boca abierta, aspavienta y menos – positivo – hace, a ese es al que complace.

Así se va “puliendo” esta sociedad, cada vez más redonda, más rodante; sobre una Tierra esférica y con fuerza de gravedad. ¡Cuando se encuentre con el Himalaya…!

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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