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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Un pueblo contra los Molina: “Que no vuelvan”

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 20 de marzo de 2008, 09:11 h (CET)
Fuenteovejuna dista mucho de haberse disuelto en el paso de los siglos. España entera es Fuenteovejuna cuando las leyes no sirven o si sirven no se aplican. España es Fuenteovejuna que se vuelve el Far West a la espera de que John Wayne venga a defender con el dulce acento sureño de Texas los derechos de un polvoriento pueblo al que acosan cuatreros que todos los anocheceres roban el bienestar público. Película antigua en blanco y negro que de vez en cuando se exhibe fugazmente en las calles de algún pueblo español donde no llega el largo brazo de la Ley. Donde no llega porque no quiere.

España es una cuadratura imposible de templanza popular y turbulentas agresiones cuando los derechos más zerolos y políticamente correctos se defienden con ardor en las Cortes de Madrid, pero los pequeños derechos cotidianos y populares se defienden con ardor de estómago por autoridades que si están no intervienen y si intervienen prefieren no estar porque para qué meterse en líos. La oración de todo alto cargo es “Señor, que no ocurra mientras esté yo al mando”.

Nuevamente la España fuenteovejunera ha venido a suplir las deficiencias de una Ley garantista que no se involucra si no hay muertos, una Ley que considera que amenazar de muerte no es motivo para echarle el guante al estúpido matón del pueblo, al gallito del O.K. Corral, al chulo de saloon que sólo se calla si hay otro con la mano más rápida y mortífera que él.

Al chulo del saloon sólo le detienen súper héroes como Wyatt Earp o Buffalo Bill, pero el famoso sheriff debe haber atravesado el río Grande en busca de aventuras y Buffalo Hill probablemente se haya jubilado con el cóccix dolorido de tanto montar, el caso es que por Mirandilla no aparecía nadie para apoyar a sus 1.400 habitantes. Qué mierda de Oeste cuando los marshalls se quedan resguardaditos detrás de los gruesas paredes de su comisaría. ¿Para qué pagamos entonces a tanto juez de rostro adusto y levita negra y a tanto sheriff de gatillo fácil? ¿Para qué pagamos los espesos muros de una comisaría que jamás encerrará al delincuente?

Ahítos estaban los de Mirandilla de aguantar bravuconadas, amenazas y palizas sin que apareciera John Wayne a imponer la justicia bajo las pezuñas de su caballo. Y es entonces cuando el Far West se trasmuta en un drama de Lope de Vega en el que los vaqueros son sustituidos por agricultores, funcionarios del catastro y la quiosquera de la esquina que está harta de denunciar sin fruto que todas las mañanas le birlan un paquete de Winston, que es casualmente lo que fuman los vaqueros más aguerridos cuando salen a trotar por esos campos de Manitú.

Y entonces todo el pueblo invoca a Lope de Vega y se levanta en armas. Algunos representan cada año la Pasión de Cristo, pero en Mirandilla han representado Fuenteovejuna, que les resultaba más oportuno. Nunca sabemos las armas que guarda en emocionante silencio un pueblo hasta que se encuentra con su respectiva familia Molina a la que hay que apiolar antes de que llegue la Guardia Civil a protegerlos. Es la hartura de los vecinos que estalla en fuegos artificiales de cólera y deseos reprimidos de venganza y no en busca de una justicia que después de tantos años no ha llegado y mira tú si no habrá tenido tiempo de venir a echarnos una mano antes de ahora.

Y es entonces y sólo entonces cuando los marshalls abandonan precipitadamente los gruesos muros de la comisaría y acuden en vertiginoso tropel a defender a los hermanos Malasombra, no vaya a ser que haya un linchamiento en nuestro pueblo, ah, no, eso en nuestro pueblo no. Qué mierda de Far West, coño.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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