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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Tu matasanos, Tina, es un resucitamuertos

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 20 de marzo de 2008, 09:11 h (CET)
Mi vida:

Buenos días (tardes o noches; pues todo depende de cuándo vayas a leer o estés leyendo estos renglones torcidos), Tina.

Creo, sinceramente, que tu matasanos ha devenido un resucitamuertos; quiero decir que es un galeno competente, preocupado por su paciente (a veces, sí, impaciente). Hoy, lo importante es que el electrocardiograma te salga pintiparado y que el médico te dé el alta o pasaporte para tu casa (aunque sea con cláusulas inexcusables, que tendrás que respetar y seguir a rajatabla, por supuesto).

Lo que consta y cuenta es que, aun acaeciendo ese desfase horario que aduces, hacemos lo posible para estar juntos (que, en espíritu, lo estamos; no lo pongas en dudas).

Creo que soy para ti (como) un libro abierto. Me conoces tanto o más de lo que me conozco yo. Con tus mimos y reflexiones (éstas las haces estupendamente; pero intuyo que los que las preceden serán insuperables, extraordinarios), los roces, que los habrá, serán momentáneos. Ya sabes cuánto tengo de agitada botella de cava, que, una vez descorchada, habiendo desocupado su estrecho gollete, vuelve a su ser.

Pues claro que dejaré que me espíes, mientras las yemas de mis dedos pulsan signos y letras. Ahora me imagino que estás sentada, frente a mí, colgando una pierna a cada lado del teclado, y el menda, cual jirafa, alarga el cuello y bordea tu costado derecho, intentando controlar la pantalla del ordenador. Me tienes orate perdido (pero no de los que precisan camisa de fuerza, ¿eh?)

Creo haberte trenzado otrora que yo también llamo de esa guisa, “nena”, a mi hermana.

Me alegro enormemente por ti (y por mí; Dios no nos puede fallar ahora; después de haber propiciado nuestro mutuo hallazgo, sería injusto si nos dejara la miel a escasos centímetros de los labios, o sea, sin el encuentro ni el posterior emparejamiento –que no miento- de hecho, aunque no de derecho), por que hayas recobrado tu libertad (vigilada, ¿eh?; así que no te extralimites ni pases un pelo; porque, si no, vendrá Paco con la rebaja o el “hombre del mazo, palo y tentetieso”), por que vuelvas a pisar con tranquilidad la calle. Y me alegra que te ocupes también, generosamente, de mis décimas.

Yo no creo que te haya dado alas. Empero, sí tiendo a pensar que te he ayudado a que advirtieras que las portabas y ahora eres tú, voluntariamente, la que las utiliza para volar a tu libre albedrío.

Yo sí sé que soy otro desde que te conozco. Y asumo que (porque lo estoy haciendo ahora; me dispongo a secarme las lágrimas, porque no veo las teclas) voy a llorar tras tener la dicha de hacer la primera vez el Amor contigo de veras, y a darle gracias a Dios todos los días que me quedan de vida, por haberme concedido el don supremo de llegar a ser tu media naranja.

El día está precioso cuando (sueño que) te abarco con mis brazos (te abrazo) y tú, recíprocamente, me abarcas (me abrazas; lo haces cuando te siento a ras de poro; cada vez que me escribes cuatro letras).

Acabo de recibir tu SMS por duplicado. Yo también te extraño; mas desde hace meses, desde aquel día en el que decidí preguntarte si me aceptabas por tu cónyuge definitivo, por tu pareja para el resto de nuestros días.

Empieza mañana, si quieres, a laborar; eso sí, sin trabajar, esto es, delegando, haciéndoles ver a tus colaboradores y subordinados que lo hacen bien, pero que pueden mejorar, pues están capacitados y todavía tienen margen para optimizar sus virtudes y resultados, si se esfuerzan.

Tómate las cosas con calma, si no quieres volver, habiendo transcurrido apenas unas horas, al hospital. El estrés y la ansiedad, si los controlas, pueden resultar beneficiosos; pero, si son ellos los que te dominan, devienen perniciosos, pésimos.

Imagina el más sentido, sincero y mayor ¡gracias! del universo mundo. Aunque te parezca un embeleco, lo estoy urdiendo en estos precisos momentos para ti.

Me gusta la sonrisa que los dedos de Dios o los tuyos (que acaso sean los mismos de la susodicha deidad; al menos, tú eres, sin ninguna hesitación, una de sus huellas en el planeta Tierra) le han colocado a nuestro corazón; o, si aún la prefieres más, la uve, de victoria, que, asimismo, contiene.

Recibe la selecta colección de “muás” (de todo jaez) que te (man)da quien te ama con toda su capacidad, ganas y grado para hacerlo, tu rendido y enamorado adorador

Félix Unamuno.

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