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La pasión del Obispo y el ejemplo de López Obrador

Luis Agüero Wagner
Redacción
jueves, 20 de marzo de 2008, 09:17 h (CET)
Coincidente con las internas del PRD mexicano, el partido del ex candidato presidencial en el 2006 de la izquierda en México Andrés Manuel López Obrador, este fin de semana los manejos en la justicia electoral paraguaya se han convertido en el ojo de la tormenta dentro de los sucesos políticos paraguayos, donde interactúan abigarradamente laicos y laicas, teólogos y teólogas, políticos y políticas, sacerdotes y pastores de distintas tendencias políticas y de diferentes iglesias cristianas, en un clima ecuménico del más absoluto caos.

También el fin de semana, la Conferencia Episcopal paraguaya reiteró que Fernando Lugo sigue siendo Obispo y por lo tanto debería estar inhabilitado para postularse a la presidencia por una cláusula constitucional. El nuncio apostólico -representante del Papa en Paraguay- Orlando Antonini, también llamó a los votantes a castigar a quienes no respetan al Vaticano, en evidente alusión al Obispo.

¿Qué tendrá esa Iglesia que le es tan difícil aceptar la salida de los disidentes y a la vez por qué le cuesta tanto a sus disidentes abandonarla, inclusive a los que pretenden ingresar al territorio demoníaco de la política nativa arrojando la sotana?

Exponentes auténticos de la teología de la Liberación como el cura peruano Gustavo Gutiérrez, fueron forzados por la jerarquía a una retractación y a publicar la misma en el diario limeño La República. El nicaragüense Ernesto Cardenal, hincado de rodillas en el aeropuerto de Managua, tuvo que escuchar la reprimenda que en 1983 le dio el papa Juan Pablo II. El brasileño Leonardo Boff debió guardar un sepulcral silencio a modo de sumisión cuando el cardenal Ratzinger le enseñó amenazante en Roma la mazmorra donde tuvieron a Galileo por afirmar que la tierra se mueve, antes de colgar los hábitos en 1991. El castigado teólogo vasco-salvadoreño Jon Sobrino a pesar de residir en el país donde Arnulfo Romero fue asesinado en un altar mientras celebraba misa, sigue firme en las filas de Benedicto XVI.

Los opositores paraguayos no han prestado mucha atención a los antecedentes y han sido verdaderamente oportunistas al valerse de una interna entre una secta menonita (la religión del presidente paraguayo Nicanor Duarte Frutos) y la santa madre de Roma, una más de las que se iniciaron casi inmediatamente después que al Altísimo se le ocurrió enviar a su hijo a redimirnos, originando una serie de conflictos que ahora han incursionado en el proceso electoral paraguayo y que difícilmente podrá solucionarlos enviando algún nuevo emisario, por lo que si a alguien necesitaremos será sin lugar a dudas a Él en persona.

Todo empezó cuando en 1975 nuestro Obispo hoy “suspendido a divinis” Fernando Lugo, de motu proprio recibió sus votos perpetuos y juró obediencia a los herederos de los apóstoles, cuyo único líder es el papa de Roma, declarado dictador perpetuo indiscutible e infalible por la propia ley vaticana.

Esa es la esencia, el meollo del asunto. Fernando Lugo puede estar molesto con el Papa porque lo jubiló tempranamente convirtiéndolo en emérito, pero en su institución la disidencia no está permitida. En otros tiempos se pagaba con la muerte en la hoguera y para colmo, en el presente gobiernan nostálgicos de aquellos métodos.

Hoy más que ayer, se acabaron las medias tintas en las parroquias y se han cerrado las válvulas renovadoras que abrieron los pusilánimes legionarios del Concilio Vaticano II.

Al frente del cotarro vaticano está quien antes de convertirse, hace dos años, en Benedicto XVI era, como cardenal Joseph Ratzinger, el temible cancerbero de la ortodoxia como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el viejo Santo Oficio de la Inquisición que carbonizó a Giordano Bruno. Este fantasmal prusiano con más aire marcial que el general Alfredo Stroessner, ex militante de las juventudes hitlerianas que encarna un "catolicismo fosilizado" se muestra resuelto a liquidar la apertura que emprendieron sus antecesores limpiando las liberalidades y desviacionismos como la Teología de la Liberación. Al margen de esto, pienso que si Fernando Lugo no estaba de acuerdo con una Iglesia que, según dicen piensa él, es de los ricos y para los poderosos, no necesitaba irse al otro extremo e ingresar a un culto satánico como el que practica la gente que hoy lo ha cercado.

Podría simplemente clavar la orden de cierre en la puerta de su capilla y partir para una nueva Iglesia de los pobres y de los excluidos sociales. Ya tiene audiencia, seguidores, la atención de la prensa, el apoyo de políticos, del embajador norteamericano James Cason, del complejo IAF-NED-USAID, algunos famosos y posiblemente consiga hasta créditos del BID.

La telepredicación, el sermón por internet y la iglesia electrónica en los tiempos actuales obran milagros. Otros grupos cristianos del rebaño de los llamados evangélicos lo han demostrado en decenas de credos rivales entre sí, todos a su vez desgajados en el curso de la historia de la Iglesia Católica tradicional y oficial, y hoy tan enfrentados con ella que nos terminaron metiendo en la actual parafernalia proselitista.

Al margen de la Iglesia Católica, que pontifica sobre democracia olvidando que sus jerarquías monárquicas ancladas en el mundo antiguo no le confiere mucha autoridad al respecto, ha quedado en evidencia que el poder en Paraguay ha permitido correr a la candidatura del Obispo para evitar convertirlo en víctima, pero se ha tomado todas las precauciones en los tribunales electorales para hacer su hipotética victoria electoral absolutamente imposible.

Estas autoridades comiciales están preparando las elecciones del 20 de abril a puertas cerradas y excluyendo a los apoderados de los partidos opositores, aunque haya sido la misma oposición la que designó a dichas autoridades y consintió sus irregularidades a cambio de puestos y cupos para sus afiliados en el presupuesto de la Justicia Electoral.

Es decir, los principales ideólogos de la candidatura anti-constitucional del obispo Fernando Lugo a la presidencia del Paraguay, se rasgaron las vestiduras ante los manejos del Tribunal Electoral que ellos mismos designaron desde el parlamento paraguayo donde la oposición adicta al cura tiene mayoría
El hecho sería condenable si no fuera porque fueron ellos mismos quienes cometieron la idiotez nombrar y de entregarse maniatados a los responsables de contar votos, juzgar actas y proclamar ganadores de las elecciones.

En otras palabras, el obispo Fernando Lugo va camino a convertirse en un nuevo Andrés Manuel López Obrador, con la diferencia que el candidato del PRD mexicano pasó la prueba de la popularidad y su imitador el obispo paraguayo nunca demostró un verdadero poderío electoral más allá de encuestas pagadas por la National Endowment for Democracy y publicadas por sus partidarios de la prensa.

Nuestro héroe puede ir escogiendo, por lo tanto, algunos métodos de desobediencia civil como la huelga de hambre o cuando menos el dejar de comer cebollinos, como recomienda Woody Allen a quienes no tienen las convicciones muy firmes como para renegar de sus votos perpetuos.

Sin pretender ser aguafiestas, viene al caso recordar que anteriores candidatos a la presidencia del Paraguay como el militar retirado Lino Oviedo y Luis María Argaña contaban con elementos mucho más disuasivos que una huelga de hambre, y no pudieron impedir cada cual en su momento el veto del poder fáctico en Paraguay, impugnación que constituye en nuestra historia política algo así como el último as en la manga del establishment para mantener el status quo. El asesinado vicepresidente paraguayo Luis M. Argaña cargaba con el bagaje de un experimentado y eficaz funcionario del régimen militar que se había hecho acreedor a lo largo de décadas de desempeño autoritario en múltiples cargos, de la lealtad de burócratas del partido de gobierno y mandos medios, así como del respaldo de poderosos intereses económicos que habían florecido a la sombra del dictador Stroessner. El general retirado Lino Oviedo a su vez se había lanzado al ruedo político representando a la omnipotente clase de los uniformados, sus omnipresentes intereses en la sociedad paraguaya, y con el beneplácito de muchos oficiales con mando de tropa.

Estos temibles argumentos en ninguno de ambos casos lograron conmover a los poderes fácticos cuando éstos se decidieron a barrerlos del escenario. Menos lograría hacerlo un obispo que carece de partidarios con nivel burocrático en la ANR y el gobierno como los que respondían a Argaña, o militares leales con mando de tropa como los que respondían a Oviedo.

Difícilmente puedan esgrimirse la sotana, la Biblia y el rosario como paliativo a esas carencias.

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