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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Eclipse de Sol sin mediación de la Luna

Marino Iglesias Pidal
Redacción
domingo, 16 de marzo de 2008, 21:51 h (CET)
Si la justicia tiene grado no es justicia. Debiera ser una obviedad y sin embargo no lo es. De serlo no se la calificaría, es común hacerlo, de dura o blanda, pues en el momento en que optara por una u otra condición dejaría de ser justicia. De ahí que para considerarla no se use un durómetro, sino una balanza, y en el momento en que el fiel pierda su verticalidad, no importa hacia que lado, la justicia deja de serlo. La misma balanza sería el útil adecuado para determinar la libertad. Lo malo de la libertad es su paradoja: Imposible libertad sin represión. Una paradoja que nadie quiere entender por inconveniente, porque el partido político que actuara en consonancia, de inmediato sufriría un infarto fulminante y mortal. Y está absolutamente claro, aunque según demuestra el resultado de las elecciones sean más los españoles que no lo admiten, que el mayor derrochador de “libertades” es el gobierno del Zeña y correligionarios. De ahí que el fiel de la balanza que controla justicia y libertad esté por los suelos; porque justicia y libertad no son las dos caras de una misma moneda, las dos son la misma cara, la otra no es cara, es culo.

El atractivo español ¡se ha universalizado! Lejos queda ya el carácter restringido prácticamente a los nórdicos europeos ansiosos de color y calor. Muchos de ellos, que en su momento decidieron hacer definitiva su estancia aquí, salen ahora huyendo ante el cambio de oferta. Al igual que a una gran parte de ciudadanos autóctonos, no les hacen felices las infinitas posibilidades que ofrecen las “libertades democráticas” , de las que, como si aquí no hubiera ya bastantes beneficiarios, vienen a beneficiarse no pocos foráneos.

Y es que las tales “libertades” dan para mucho. El “turismo de bacanal” ya compite con el de sol y playa. Y los que maltratan, arrasan las casas de los demás y mandan para el hospital o el cementerio a sus moradores, los que apuñalan, prenden fuego o tiran por la ventana a la fémina de “su gusto”, los que violan, asesinan, etc. no dejan de ser considerados seres humanos “como los demás” que han de gozar – ¡y sí que gozan! – de unas leyes “justas” nacidas en el seno de una democracia plena de “libertades”. ¿Cómo se va, por ejemplo, a condenar a un infeliz “borrachito” o “colocaito” que “se porta mal” sin tener plena conciencia de lo mal que se porta? ¡Faltaría más! ¡Por favor! No digamos de un menor; puede haber sido detenido cuatrocientas noventa y cinco veces – y naturalmente dejado en libertad ipso facto otras tantas -, ¡pero un menor es un menor! Oye, también es de recibo que se ponga en la calle al canalla más recalcitrante si los jueces no tienen tiempo, o se olvidan, de juzgarle, ¡no lo van a tener preso de por vida! ¡Estaría bueno!

El carácter monumental del disparate libertino requeriría para su exposición más de una resma de papel, cuestión que imposibilita hasta el mínimo intento de acometerlo aquí. Sólo diré que el actual eclipse de Sol en España no es una cuestión que interese a la Astrología, puesto que no se debe a la interposición de la Luna, sino a la sombra que proyectan las libertinas libertades que padecemos muchos, pero que, desgraciadamente y por lo visto, disfrutan más. O sea, un eclipse que entra en el campo de la Sociología. Una sociología evidentemente imposible.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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