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Paraguay, ¿alternancia o regreso al pasado?

Luis Agüero Wagner
Redacción
domingo, 16 de marzo de 2008, 13:21 h (CET)
Una gran confusión han logrado generar en la prensa internacional los asesores de imagen del obispo Fernando Lugo, con su estrategia de presentar a su candidato como un nuevo fenómeno político enmarcado en el regreso de la izquierda latinoamericana adaptada a la democracia liberal, que logró hacerse con el poder por la vía de las urnas en la mayoría de los países sudamericanos.

Gran parte de la confusión se debe también a que los voceros de la historia colonial y claudicante que padecemos, acostumbraron siempre omitir ciertos sucesos de fundamental importancia en el devenir nacional indispensables para comprender el sentido en el que marcha la historia nacional.

Uno de los temas muy poco difundidos atañe a la forma en que el Partido Liberal paraguayo, el soporte fundamental del obispo-político para las elecciones del 20 de abril, implantó en Paraguay una dinastía de dictadores anticomunistas comparable a la que su homónimo nicaragüense apuntaló respaldando a los Somoza. La censura a todo lo que involucrara la inducción del autoritarismo desde los centros de poder mundial fue omitida para no comprometer a los aliados que tenía en el norte el régimen que imperó entre 1940 y 1989.

En los albores de la Segunda Guerra Mundial, una doctrina de Seguridad Hemisférica ante la amenaza nazi facilitó la militarización del poder político, ante la cual se mostraron incapaces de resistir los más civilistas exponentes del Partido Liberal que hoy, igual que entonces, candidata a un elemento ajeno a su ideología y sus principios.

Una memorable sesión del Directorio del Partido Liberal había acaecido el sábado 16 de Febrero de 1940, donde un sector de conjurados habría de sacrificar el Parlamento y la Constitución Nacional para entregar la república maniatada a sus verdugos.

Aquel día gris salvaron la dignidad del liberalismo paraguayo con su vibrante oposición: Juan Francisco Recalde, Jerónimo Riart, Orué Saguier y Francisco Sapena Pastor. Hoy sufren éstos el polvo del olvido y sus nombres, como el de tantos otros próceres civiles de la repùblica, poco dicen a sus correligionarios de hoy, quienes sin embargo se deshacen glorificando las veces que tienen oportunidad al dictador Estigarribia y a su camarilla de filo-fascistas en la que destellan con brillo propio nombres como Justo Pastor Benítez, Pablo Max Insfràn o Efraim Cardozo. Hasta ese punto confirman quienes hoy tienen la representación del Partido Liberal su condición de aspirantes a colorados, imitándolos incluso en la costumbre de ensalzar zalameramente a los más nefastos tiranuelos.

Aquel triste febrero de 1940 se produjo, pues, lo inexplicable: dirigentes "liberales" autorizando por doce votos contra cuatro la disolución del Congreso en beneficio de un dictador militar. Habían faltado a la sesión diez miembros del Directorio, con los que habría sido imposible inaugurar un régimen totalitario en Paraguay aquel 18 de febrero de 1940, y dar a conocer el hecho al pueblo el día 19. Los cuatro schaeristas (partidarios del caudillo liberal de apellido Schaerer) se habían mantenido neutrales, en tanto se hallaban decididos por defender las formalidades democráticas B. Rivarola, L. Riart, Burgos, Jerónimo Riart, Orué Saguier, Dávalos, Sapena Pastor, Gavilán, Artaza, Prieto, C. Centurión, Saguier Aceval y Juan Francisco Recalde.

El total de los que podían asistir y votar eran 26, pero una maniobra apoyada en el dictador consiguió desarmar el Directorio Liberal.

Esta breve reseña de cómo se legitimó la arbitrariedad en Paraguay, solo pretende señalar la olímpica hipocresía de quienes, al parecer, nunca han renegado del apoyo político de su partido a un dictador militar, con el que se abrió camino para el viaje a la demencia que nos condujo al actual país que tenemos.

Lo expuesto solo pretende replicar a quienes por estos días, desde las alturas de la patria periodística, han reanudado hostilidades contra el flujo de la razón atribuyendo al movimiento revolucionario de febrero de 1936, impulsado por los coroneles victoriosos de la guerra con Bolivia de 1932 a 1935, el haber sentado las bases de la dictadura en Paraguay.

En estos tiempos en que vientos antiimperialistas sacuden al continente, y Estados Unidos pasa por una crisis de credibilidad sin precedentes, difícilmente pueda esperarse que un pueblo latinoamericano se encuentre tan desinformado como para ignorar el papel del imperio norteamericano en la gestación y consolidación de las dictaduras latinoamericanas, y atribuir alegremente este fenómeno a un movimiento revolucionario previo a la guerra fría, visceralmente antiimperialista y de marcada tendencia hacia la democracia social como el que encabezara Rafael Franco el 17 de Febrero.

Ácidos detractores –especialmente liberales- acusan de fascista al líder que emergió de aquella revolución, pero olvidan que fueron los mismos que acusaron al héroe del Chaco de comunista y aplicaron sus leyes represivas para enviarlo al exilio, medida que soliviantó los ánimos en la milicia y acabó precipitando el golpe militar el 17 de febrero de 1936 contra un presidente que tramaba hacerse reelegir en forma inconstitucional.

El movimiento revolucionario de febrero de 1936 en realidad se constituyó en un esfuerzo de levantar un puente entre el siglo XX y el Paraguay devastado por la barbarie genocida del colonialismo liberal pro-británico, que impulsó a la Argentina, Brasil y Uruguay a emprender una guerra de exterminio contra el Paraguay. Muy diferente sería el signo de los acontecimientos que pocos años después sobrevendrían.

Un protagonista de primera línea en los sucesos de Febrero de 1940, mes inaugural de la trilogía de dictadores anticomunistas paraguayos "Estigarribia-Morínigo- Stroessner", reconoció a Seiferheld que todo empezó con un exhorto del imperio norteamericano que unos cipayos sin mayor discernimiento se apresuraron a atender, por encima de todo sentido común. Muerto el dictador el 7 de Setiembre en un accidente aéreo, en historia muchas veces repetida, el sucesor determinó que convocar a elecciones en dos meses como decía la constitución no significaba que debían llevarse a cabo de inmediato. La convocatoria se hizo, pero para el año 1943.

El resto de la historia es conocida. La doctrina de Seguridad Hemisférica, fue reemplazada por la de "Seguridad Nacional", cobrando impulso definitivo la militarización del poder político. La dictadura y la cultura autoritaria tuvieron a partir de entonces interminables décadas para echar raíces en Paraguay.

Ese fue el más importante legado del Partido Liberal paraguayo, que hoy postula a la presidencia de la república al obispo Fernando Lugo.

Las lecciones de la historia del Paraguay, pues, preguntan; ¿Paraguay en la hora de los cambios? ¿Tiempo de alternancia? ¿O simplemente un regreso al pasado vestido de sotana?

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