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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Por qué tiene tanto interés este gobierno con la imposición de Educación para la Ciudadanía?

Rita Villena (Málaga)
Redacción
domingo, 16 de marzo de 2008, 19:57 h (CET)
Nuestros bachilleres están a la cola de los rankings internacionales en disciplinas tan básicas como las matemáticas o el dominio de la lengua. Su nivel de conocimientos desciende de curso en curso y su madurez intelectual deja mucho que desear. Ahora, con el nuevo bachiller, pretenden bajar más el nivel, pasar curso con casi todo lo esencial suspendido y, sin embargo la Ministra de Educación y Ciencia, ha comentado que se trata de “una asignatura obligatoria, que no puede ser que un consejo aplique la Ley como le plazca”, y destacó también que “el estado de derecho está por encima”.

Por encima de mi cadáver, tendría que pasar el gobierno al completo para que mis hijos asistieran a la clase esa. El Estado no puede imponer una formación moral obligatoria a todos los ciudadanos porque, entre otras cosas, se estará contradiciendo al ochenta por ciento de los padres que han elegido una formación moral distinta y que según la Constitución en el artículo 27.3 dice que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación moral y religiosa que esté de acuerdo con sus propias convicciones”, dice además en el artículo 39.4 que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” y el acuerdo más importante es la Declaración Universal de Derechos del Niño que en su Principio 7 dice: “que el interés superior del niño debe ser el principio rector de quienes tienen la responsabilidad de su educación y orientación; dichas responsabilidades incumben en primer término a sus padres”.

Y, como lo que está en juego es la libertad y los derechos de cada familia, los vamos a defender por mucho que la señora Cabrera quiera intentar decir todo lo contrario.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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