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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Tina, no creo que haya nada que perdonar, de veras

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 16 de marzo de 2008, 07:41 h (CET)
“El perdón es la venganza de los hombres buenos”. José Ortega y Gasset


Mi vida:

Ciertamente, todos los seres humanos somos un complejo microcosmos de bondades y maldades. A veces nos comportamos como un bendito (o) ángel y otras como un maldito (o) demonio. Todo el mundo tiene virtudes y defectos, puntos a favor, que se recogen en el haber de cada quien, y puntos en contra, que obran en el debe. Tú y yo también tenemos algunas lagunas (su anagrama), varios aspectos que debemos corregir o pulir. Creo que los dos gastamos un temperamento crudo, duro, fuerte. Yo, por ejemplo, suelo ser muy rígido en mis pareceres y planteamientos (me gustaría ser más flexible, pero no me sale ni natural ni espontáneamente), tanto para lo bueno como para lo malo. Mejor, que no choquemos de frente. Me temo que somos dos locomotoras en marcha que vamos a excesiva velocidad y en dirección opuesta por los dos carriles o rieles de una misma vía férrea.

Te he mandado a la dirección internetera de “Prosófilos y versófilos” porque ese texto, mutatis mutandis, salvando las distancias (repara en la edad de la protagonista y en la enfermedad –los médicos le dieron dos meses de vida-, más bien, pena de muerte, que le sobreviene a la misma), podrías haberlo escrito tú. ¿No te parece?

No voy a insistir, Tina, en lo del teclado. Así que, no te enrabietes. Asumo que la situación es la que es. Con eso me basta. No te pongas de mal humor por semejante nadería o bagatela. Las injusticias son otras, y andan por otros derroteros.

Por supuesto que te perdono (y más, si dicha decisión ayuda a que te halles en paz con tu conciencia o alma), aunque no creo que haya nada que perdonar, de veras. Y debes aguantarte, porque eres el mejor amigo que tienes (el mejor rendido y enamorado adorador, no; porque ése sigue siendo el menda).

Claro que sé que lo sabes. No me gustará un pelo que te enfades conmigo por una minucia. Pero prometo mirarte fijamente a los ojos para, en el supuesto de que llegue ese momento, poder descubrir si tu enojo es de verdad o de mentira.

Cuántas ganas tengo, Florentina, de que me los des (esos millones de besos, que suelen acompañar a tus correos) en mis labios y en el resto de mi cuerpo (y de dártelos yo, en mutua correspondencia, por supuesto).

Compruebo que no te has podido conectar. No te preocupes por ello. Habrá muchos momentos en los que sí podremos hacerlo (esto, como siempre, lo urdo en varios sentidos –hoy me quedo con el sicalíptico-).

Como colofón de esta epístola, me apetece un montón hacerte la siguiente confidencia. Me encantaría (me harías el hombre más dichoso y ufano del mundo, si accedieras a tomarme por esposo) casarme contigo. Lo siento como lo escribo y lo escribo como lo siento.

Sabes (por esa razón huelga) que te ama (y te lo demuestra a cada instante) tu rendido y enamorado adorador,

Félix Unamuno.

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