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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

“10.000”: Prehistoria con piratas (deluxe)

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 25 de junio de 2008, 22:00 h (CET)
Roland Emmerich. Su nombre es un suelo que retumba. Soldado Universal. Independence Day. Godzilla. Su filmografía, un tsunami de efectos especiales y mala narrativa. Pronunciar cualquiera de estos títulos es un cineclub garantiza miradas por encima del hombro y gritos de “¡anatema, anatema! Referirse a él como un autor con unas constantes claramente delimitadas, el desprecio de la crítica. Pero pese a quien le pese, Emmerich tiene un discurso propio: el de la grandilocuencia, la destrucción y la desmesura. Todas sus películas enfrentan a un grupo de personajes planos, cuando no puros estereotipos, contra conflictos espectaculares de carácter externo. Hasta el momento, todas sus travesuras transcurrían en un futuro más o menos próximo. 10.000 que, por el contrario, (y como su propio título indica), está ambientada en la prehistoria, constituye un inútil intento por encontrar nuevas formulas de canalizar su megalomanía de cineasta pasado de vueltas. Claro que la esencia sigue siendo la misma: derroche de efectos especiales, clichés y ampulosidad formal. Para rizar el rizo, pasa olímpicamente de incluir estrellas de renombre en el reparto y las sustituye, con muy buen criterio, por actores poco conocidos que no distraigan al espectador de lo verdaderamente importante: las heroicidades de manual y el exceso.

El problema surge cuando estos interpretes (Steven Strait y Camilla Belle, muy monos ambos), demuestran una inoperancia total para transmitir emociones, a la par que un carisma tan bajo que incluso Gaspar Llamazares en sus peores momentos quedaría más resultón que ellos a su lado. Luego vienen otros problemas directa o indirectamente relacionados con esta cuestión. Por un lado, una trama que aspira a reflexionar sobre el clásico motivo del pardillo al que los hados eligen como héroe, tema de gran interés dramático ya desde los tiempos de los griegos, pero que no lo hace en ningún momento porque pierde aceite de manera progresiva a través de un viaje aburrido, inverosímil, trufado de lugares comunes tanto narrativos como visuales (de nuevo, se cuentan por docenas las secuencias de montaje a lo periplo de El Señor de los Anillos) y falto de coherencia, y por otro, el hecho de que el film defrauda incluso en el terreno que se presuponía su gran punto fuerte: los efectos especiales de nueva generación. Hay mamuts gigantescos, hay una especie de avestruces asesinas, hay tigres dientes de sable e impresionantes pirámides a medio construir por hordas de esclavos a las ordenes de una especie de pseudodioses a medio camino entre el sacerdote flamígero de La Fuente de la Vida y King Africa, pero todas las secuencias en las que intervienen estos elementos carecen de garra porque los protagonistas han sido construidos con muchísimo menos mimo que las criaturas digitales bajo la premisa de que si una película titulada 300 funcionó en taquilla gracias a su espectacularidad, una titulada 10000 tiene que ofrecer un grado de despiporre visual directamente proporcional a dicha cifra.

Así pues, la única forma de que Emmerich se sacudiera el estigma de hacedor de estruendos pasaba porque asumiera de una vez por todas su condición de freak amigo de la opulencia cinematográfica y entrara a saco en el terreno de lo kitsch, como hizo la Hammer al filmar en los sesenta el remake de Hace un Millón de Años potenciando el erotismo y la falta de rigurosidad histórica con el espectáculo cavernícola consciente de sus limitaciones. No ha sucedido así. Los responsables de 10.000, a diferencia de los de la mítica productora británica, se toman demasiado en serio a sí mismos hasta el punto de azuzar la risa del espectador sin pretenderlo y, lo que es más grave todavía, carecen de un genio como Ray Harryhausen en su equipo capaz de inocular dosis puntuales de vida a un despliegue de planos nacidos con la marca del héroe pero, a la postre, muertos después del parto. Emmerich en estado puro, vamos, o en otras palabras: le ha vuelto a salir un hijo tan grande y ruidoso como alelado, sólo que con taparrabo.

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