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El imperio contraataca en Bolivia y Paraguay

Luis Agüero Wagner
Redacción
viernes, 14 de marzo de 2008, 07:24 h (CET)
En una de sus primeras declaraciones al llegar al Paraguay, el embajador de Estados Unidos James Cason negó con cinismo el conocido apoyo de Estados Unidos a las dictaduras anticomunistas, así como la tendencia intervencionista de su país en Latinoamérica. Los hechos y su propia conducta poco tardaron en desmentir a Cason, quien a pocas semanas de su arribo empezó a coordinar desde Asunción una campaña para desestabilizar la región, con la excusa de un supuesto plan belicista del presidente boliviano Evo Morales que debía ser contrarrestado en Paraguay. La campaña fue orquestada sobre todo desde la prensa que responde a la embajada norteamericana de Asunción, antiguo centro de operaciones del Plan Cóndor, y pronto contaría con la invalorable ayuda representda por la presencia en Bolivia de Philip Goldberg, veterano de Kosovo hoy empeñado en la balcanización del Altiplano donde apareció para aplicar sus ricas experiencias de la ex Yugoslavia.

Coincidentemente con la presencia de Goldberg en Bolivia se gestaron desde la ciudad oriental de Santa Cruz, donde gobierna una élite integrada, entre otros, por empresarios de origen croata movimientos federalistas denominados “Nación Camba”. Uno de los cabecillas preponderantes del movimiento separatista cruceño es el empresario agroindustrial y socio de capitalistas chilenos Branco Marinkovic, conductor del Comité Cívico de Santa Cruz, ente que motoriza presiones y movilizaciones contra el gobierno de Evo Morales.

El historiador de la universidad de Michigan, Leslie B. Rout, publicó en Texas allá por 1965 una voluminosa investigación sobre los intereses que determinaron los límites definitivos entre Paraguay y Bolivia después de la guerra. Titulado "Politics of the Chaco Peace", el documentado libro fue parcialmente traducido por el historiador paraguayo Arturo Rahi, quien publicó los pasajes más trascendentes de dicha obra bajo el título de “La Entrega del Chaco”.

Leyendo con detenimiento y perspicacia la obra, un lector despierto puede notar que la dictadura que en Paraguay impuso el general José Félix Estigarribia en 1940 fue producto de un acuerdo entre este y el Departamento de Estado norteamericano. Estados Unidos ofrecía créditos y apoyo al militar para acceder a la presidencia, y Estigarribia correspondería cediendo a Bolivia el territorio ocupado por tropas paraguayas al noroeste de la línea recta (hoy límite con Bolivia) que une Esmeralda con 27 de Noviembre, donde tenía intereses la empresa petrolera estadounidense Standard Oil Company. Esta era parte importante del contubernio.

A este acuerdo se debería el tratado de límites definitivos -por acuerdo secreto- rubricado por las partes el 9 de julio de 1938 a las 2.40 de la madrugada, corrige a nuestros historiosos Rout. El departamento de Estado de U.S. recurrió a Estigarribia como hombre indicado para ese pacto, nos explica Rout, tras considerar que nadie sospecharía en Paraguay que el jefe máximo de la campaña militar del Chaco terminaría actuando como un traidor. Otras fuentes norteamericanas (Michael Grow) señalan en el mismo sentido que tanto Roosevelt como su principal asesor para asuntos latinoamericanos, Summer Welles, se habían sorprendido de lo deseoso que se mostraba el embajador paraguayo (Estigarribia) por cultivar relaciones políticas y económicas cercanas con EEUU y no desaprovecharon. EEUU pagaría así, con el exiguo monto de 3,5 millones de dólares-crédito obtenido por Estigarribia del Export Import Bank a través de Warren Lee Pierson, la recuperación de la zona del Chaco que le interesaba a sus empresas y al mismo tiempo aseguraba la adscripción incondicional (aún hoy vigente) del Paraguay a la órbita de intereses imperialistas norteamericanos. El combo incluiría la imposición de la Constitución de 1940, arma legal liberticida de redactor anónimo que seria de suma utilidad para que Higinio Morínigo y Stroessner gobiernen "con la constitución en la mano".

El Partido Liberal de Paraguay, al estilo de su homónimo nicaragüense que sirvió de soporte político a la dinastía Somoza, cedió la nominación presidencial al general bendecido por Washington, en gesto que pronto sería imitado por otras fuerzas políticas ávidas de tan contundente respaldo.

Aunque mencionarlo tal vez incomode al campeón de la democracia James Cason, la maniobra había sido planificada por Summer Welles, el mismo que como embajador norteamericano en Cuba jugó un papel preponderante para entronizar a Fulgencio Batista como dictador de la isla caribeña, recordado por su fidelidad a la política colonialista yanqui como por su brutal policía política, la BRAC, sufragada por organismos de seguridad estadounidenses. Al igual que la de Batista, la policía política de Stroessner también conocería de la solícita asistencia de estos "organismos de seguridad".

Corrían los años de la guerra fría, EEUU y la URSS poseían miles de misiles, armados con cabezas nucleares, apuntándose el uno al otro. La vulnerabilidad mutua, la capacidad de destrucción mutua asegurada, se pensaba que era algo excelente. No faltaron quienes vieron en el conflicto entre superpotencias un gran negocio, aún en un paraje tan alejado y extraño como Paraguay.

La industria del anticomunismo, que parecieran añorar con nostalgia ciertos opinólogos y embajadores mediáticos, que paradójicamente compiten por condenar como si fueran dictaduras a los gobiernos que no pueden doblegar, tuvo así en los años 50, 60 y 70 del siglo pasado su etapa más gloriosa. Tengo en mi archivo varios documentos de 1956 en los que el canciller Sapena Pastor solicita en Washington la extensión de la misión de "técnicos policiales" norteamericanos como Robert K. Thierry, L. Brown y otros adiestradores de torturadores que contribuyeron a la democracia paraguaya instruyendo a la policía política en técnicas de “submarino”, voltaje adecuado para el tormento de la descarga eléctrica y otros cursos didácticos indispensables para que los ciudadanos paraguayos puedan ejercer sus libertades cívicas.

Aunque muchos insisten en que el dictador Stroessner actuó por su cuenta, sin inspiración ni ayuda del imperio norteamericano, no es difícil deducir que en caso de defección del citado dictador había suficientes voluntarios entre los generales paraguayos para ocupar su lugar con el aval del imperio a disposición.

Con fines igualmente altruistas se creó la Escuela de las Américas de Fort Benning, donde militares latinoamericanos aprendieron de sus preceptores yanquis a defender la democracia a través del golpe de estado. Y como la defensa de la democracia y la libertad también atañe al presente, el United States Deparment of Commerce aún hoy tiene una categoría propia (la OA82C) para registrar los instrumentos de tortura que empresas norteamericanas como Technipol o US Shock-Baton Company fabrican, publicitan y por medio de 350 licencias de exportación, siguen enviando legalmente a los "más oscuros rincones del mundo" donde la dictadura pueda subsistir. Todo ello, obviamente, con la libertad que ofrece la mejor democracia que el dinero puede comprar.

Fueron precisamente embajadores como Cason quienes crearon dictadores como Stroessner, Videla o Pinochet, financiando a los déspostas deslustrados que enseñaron a sus pueblos a ver a los esclavos con la mirada del amo. Son los mismos que hoy ensayan su sonrisa más amable para indicar a falsas organizaciones civiles, en la práctica apéndices de la embajada norteamericana, qué candidaturas respaldar.

En lugar de seguir dando paternales consejos y presidiendo la desestabilización de gobiernos como los de Bolivia o Paraguay por intermedio de colaboracionistas que reciben dólares de sus organismos como la NED o USAID, ¿viviremos para escuchar alguna vez una autocrítica de los personeros del imperialismo por sus crímenes en Paraguay?

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