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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La radio según León Felipe

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
viernes, 14 de marzo de 2008, 07:24 h (CET)
En algún momento de 1934, el monumental León Felipe (nacido León Camino Galicia de la Rosa un 11 de abril de 1884, es decir hace 124 años), estuvo en el puerto de Veracruz y ahí, en una conferencia, nos reveló la verdad: “¡La radio es un gran confesionario!”

La semana pasada compartí la visión que Alfonso Reyes tuvo de este medio. Hoy publico fragmentos de otro juicio, también poco conocido, de un espíritu igual de ilustre. Santayana lo dijo en su momento, aunque parece que nadie lo escuchó: “Quien no conoce el pasado está condenado a repetir sus errores”. Juzgue además el lector si este texto es o no propio para los días santos que comienzan:

“¡Eh!... ¡Hallo!... ¡Aquí! ¡Soy yo! ¿Quién me escucha? Nadie – nadie me escucha – Nadie me escucha – ¿Me escucha alguien? Esto es una broma... me han encerrado en este cuarto misterioso y polvoriento […] y me han dicho que empiece a gritar delante de un postecito metálico y brillante que se alza del suelo y me llega exactamente a la boca.

“Eh... aquí... hallo – soy yo... creo que nadie me escucha... y que nadie me interrumpe... y que nadie me responde... Seguiré gritando, sin embargo... Soy un hombre escéptico... pero social y confiable también... No puedo admitir que alguien quisiera confundirme o engañarme... Acabo de llegar a Veracruz y camino guiado como un ciego.

“Me sujeto a las costumbres y a los ritos de los pueblos donde llego... Y entro siempre con los ojos vendados por las puertas de la ciudad amigos: todo pueblo es sagrado... y cualquier casa puede ser la morada de un Dios donde el milagro se produzca. […] ‘Este es el lugar... Habla...’ me dice el director de esta casa, quitándome la venda.

“Esta es la tribuna moderna y municipal... el […] escenario del pueblo el estrado invisible... la gaceta y el diario del aire... ¡la bocina del viento!
“Estás frente a la Radio... Detrás, queda el mercado... los que trabajan y los jueces... Te escuchan todos... ¡Habla! Di lo que quieres.

“¿Esta es la Radio? ¿Esta varilla erguida de metal?... ¿No es una serpiente puesta de pie por la flauta encantadora de un mago? ¿O es la misma la misma flauta encantadora? Me parece mi propio báculo clavado sobre la tierra. O ¿es un pequeño árbol plantado en mitad de mi camino?... El arbolillo escueto de Navidad donde se cuelgan y se encienden símbolos y metáforas... parábolas y canciones?...

“El Director de esta casa me detiene otra vez para instruirme y me dice:

“–La Radio es un gran púlpito.
“–Yo no vengo a predicar –le digo.
“–También puede ser una cátedra.
“–No tengo nada que enseñar.
“–Puedes cantar una canción.
“–Nadie sabe hoy cantar... ¿Sabéis vosotros cantar? Los maestros de canto se han ido a clavar ataúdes y a enterrar a los muertos.

“–Cuéntanos un cuento, entonces...
“–¿Un cuento?... Ya se han contado todos... Todos los cuentos se han contado... y todos se han grabado y archivado... El Hombre no tiene hoy nada que contar. Puede decir avergonzado algunas cosas, y confesarse honradamente con sus hermanos...

“–Entonces... (me interrumpe otra vez el Director), de qué sirve esta maravilla... este descubrimiento prodigiosos...? ¿Para qué se ha inventado este artefacto, esta Radio milagrosa que puede llevar la palabra del Hombre hasta el corazón […] de los astros?

“–Tal vez... para que el Hombre se confiese.

“A mi me parece que es un gran confesionario, una dádiva sagrada que nos han regalado los Dioses para que el inglés o el español, por ejemplo le cuenten sus crímenes y sus pecados al chino y al esquimal... Para confesarse los hombres... todos los hombres del mundo, los unos con los otros, los del norte con los del Sur... se ha inventado este aparatito.

“No tenemos nada que enseñar... sobre púlpitos y cátedras.... Y todavía no tenemos nada que contar... Mi opinión es que mientras el hombre no tenga los pies y las manos muy limpios... tendrá ronca la voz. Podemos contar... contar... no referir... sino enumerar... Una... dos... tres... Una injusticia... dos injusticias... tres injusticias... la injusticia política... la injusticia eclesiástica... la injusticia social... etcétera.

“Yo he venido aquí, como voy a todas partes, a confesarme, honradamente, con los que me escuchan. Y después de saludar a todos según las costumbres de la Tierra... me arrodillo... hago la señal de la cruz... y rezo el yo pecador.
“Así comienzo siempre mis discursos, mis poemas... y todo cuanto tengo que decir: Confesándome... Y digo que cualquier tribuna hoy no puede ser más que un confesionario... y que la Radio es el más grande de todos... Un confesionario inmenso de [onda] telúrica y sideral.... porque tenemos que contarle nuestros pecados a los hombres, a las piedras... y a las estrellas.
“Y lo que voy a decir ahora... no sé si es una confesión o una lección ingenua y [humana] de catecismo. ¿Dónde está Dios?

Oh... quien me diere el saber donde poder hallarlo... Y Dios está en todas partes hijos míos.

“Dios está en todas partes, en la tierra en el agua y en el viento... Pero hoy nadie lo encuentra. Nadie: ni el detective, ni el sabueso ni el poeta... Y estas son hijos míos las tres primeras letras que tenéis que aprender en las escuelas para buscar a Dios: S.O.S.”

Molcajeteando…

El sábado 1 de marzo don Vicente Gómez Bretón dejó la tierra roja y tropical de Villahermosa para ir en busca de su creador. Tenía 78 años. Lo conocí en Xalapa en 1999 cuando era gerente local del Grupo ACIR. Durante las terribles inundaciones que asolaron a Veracruz, fue de los pocos radiodifusores privados que sin titubeos reconocieron y asumieron la responsabilidad de poner los micrófonos al servicio de las acciones de ayuda a los damnificados, junto con Radio Más, la radio estatal. Aunque usted no lo crea, en aquellas semanas aciagas muchos concesionarios, usufructuarios del espacio aéreo propiedad de la nación, querían cobrar por este “servicio”. Primero, sus intereses mezquinos y crematísticos; después, sus intereses crematísticos y mezquinos. Hubo un tipejo que me dijo que “esa” (ayudar y pasar mensajes sin costo) era “la obligación” de la radio del estado, no de “la privada”.

Don Vicente me honró con su amistad y me distinguió con sus consejos. Imagino a ese noble caballero que tuvo el privilegio de ver a la radio y a la televisión mexicana desde sus inicios, en animada conversación con León Felipe y con Alfonso Reyes en la gran radiodifusora universal, preguntándose cuándo y cómo la radio perdió su camino.

Para su hijo el escritor y promotor cultural Vicente Gómez Montero, y para todos sus seres queridos, mis condolencias más sentidas. Mi amistad perenne.
(La semana entrante no habrá JdO: no deseo exponerme a que del cielo me caiga un rayo por trabajar durante los días santos.)

______________________

Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.

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