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Etiquetas:   Carta al director  

La preferencia por la mediocridad

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 14 de marzo de 2008, 07:42 h (CET)
Julián Marías, como buen discípulo de Ortega, aseveraba que las masas no admiran, suelen sentir resentimiento y temor ante todo lo egregio y admirable; acostumbran elegir a aquellos hombres en que se sienten personificados, que pueden aplaudir tranquilamente, porque saben que no aplauden nada superior – lo que les resultaría intolerable – sino a sí mismas.

Si el dato que mejor define la peculiaridad de una nación es el perfil de los modelos que elige para la vida pública, la preferencia de las masas por lo mediocre es la única certidumbre en la actualidad política de España. Durante cuatro años más, se otorga la confianza infame a la mendacidad y la irreverencia, a la tensión y descomposición territorial, a la depravación social y a la aniquilación de vigencias tradicionales. Durante cuatro años más se ahondará en una cultura laicista y progre, fundamentalista y herética, adoradora del becerro de oro y ajena a cualquier emoción de lo divino, que es el auténtico hogar de la cultura. Durante cuatro años más se afianzará el relativismo disfrazado de bonhomía y talante, la frivolidad y la asebeia maldita. En la elección del presidente del gobierno de España se hace, sin saberlo, nuestra verídica confesión de ideas y creencias.

A la nación española le va a sobrevenir una vez más el tumor del nacionalismo catalán y vasco, con las propuestas usurpadoras de unos y las soberanistas de otros. Cataluña y el País Vasco adoptarán los destinos propios como los verdaderamente nacionales. Nos espera un movimiento de desintegración nacional, lento pero imparable, con las seguras concesiones a catalanes y vascos. Y cuando una nación se consuma víctima de pactos con nacionalismos se puede afirmar que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el gobierno de la nación española. El daño que las lealtades a los nacionalismos producirán en la vida política española será infinito, una nefasta herencia para futuras generaciones.

Por lo demás, las relaciones con la Iglesia seguirán siendo especialmente tensas. El socialismo de Zapatero tiene un profundo error de percepción hacia la religión y la Iglesia católica, proveniente no tanto de su ceguera ideológica cuanto de su mirada de indiferencia y falta de sensibilidad hacia lo religioso, una hemiplejía que le impide contemplar la actividad santuaria de la cultura. Zapatero considera a la Iglesia como una voz incorpórea, sólo visible y molesta cuando existe en ella alguna pretensión de influencia en el ámbito jurídico. El respeto que Zapatero dice manifestar hacia la Iglesia no consiste en que cada cual esté “en su posición”, ni tampoco en un gesto de posible entendimiento. La democracia no sólo requiere instituciones y procedimientos, sino también una particular calidad de visión. La imaginación cívica de Zapatero exige el arte de la narrativa, es decir, de escuchar a la Iglesia. Hace falta algo más que una agenda política. Es necesario el temor ante el Misterio, la curiosidad ante lo fascinante, la experiencia de la trascendencia, como factores que posibilitan la interacción ante la comunidad católica. Zapatero tiene atrofiado el sentido religioso. Y lo peor es que no le produce, a diferencia de Ortega (perdón por la comparación), ningún pesar sentirse excluido de la participación en ese mundo.

No soy de los que aspiren a la lealtad a un partido político, pero sí a la comunidad moral constituida por todos los seres humanos. No beneficia a España que la mediocridad se haya apoderado de la clase dirigente, pero tampoco puede vencerse la ausencia de los mejores desde una oposición que cada día se ve obligada a conquistar humildemente su propio partido. Si se cierran filas en torno al liderazgo de Rajoy, él mismo crecerá tanto como su partido, y de ello se beneficiará España. Si, por el contrario, el entusiasmo y la confianza que se concentran en él decaen, se abrirá un periodo de incertidumbre para la nación, y la democracia se verá notablemente debilitada.

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