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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Semana de reconciliación

Carmen Ramírez (Vélez-Málaga)
Redacción
viernes, 14 de marzo de 2008, 07:42 h (CET)
El miércoles de ceniza, la liturgia de la Iglesia nos invitaba a purificar en este tiempo de Cuaresma nuestra alma y a recomenzar de nuevo. “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras, convertíos al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso”. (Joel 2, 12).

Aún tenemos tiempo, si no lo hemos experimentado. Porque Jesús condena el pecado, pero no al pecador, como queda demostrado en muchos pasajes de los Evangelios, por ejemplo cuando los escribas y fariseos le traen a una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo, como seguían insistiendo levanta la cabeza y, les dice: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Ellos, al oírlo, se fueron uno a uno empezando por los más viejos. Al quedar solo Jesús, con la mujer, se incorpora y le pregunta: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: “Ninguno, Señor”. A lo que Jesús le responde: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8, 1-11).

Benedicto XVI, nos lo decía el pasado domingo, en la resurrección de Lázaro, “Jesús siente compasión ante el dolor humano, es todo Misericordioso y es Amor”. Él mismo se siente afectado que hasta se le saltan las lágrimas por el amigo muerto. En este milagro y en algún otro, el Señor explica que esos hechos, aparte de remediar la situación concreta, sirven sobre todo para mostrarnos su divinidad, para mostrarnos que ha venido a redimirnos por ella del pecado.

Como vemos siempre, Jesús emplea su poder en favor de los hombres, -no a favor de si mismo-, para demostrarnos su Amor. Dios, perdona siempre. Salva, y no condena.

Nosotros, que también pedimos y queremos que se nos perdone, perdonamos también a los demás. Recordemos: “Al atardecer nos examinarán del Amor” (San Juan de la Cruz).

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