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Uribe contundente

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 12 de marzo de 2008, 07:23 h (CET)
El llamado Grupo de Río es un mecanismo permanente de concertación política en Latinoamérica que ha estado reunido en la República Dominicana la semana pasada atendiendo a la tensión surgida entre Colombia y Ecuador con motivo del incidente de los guerrilleros colombianos acampados en territorio ecuatoriano cerca de la frontera, y que fueron masacrados por el ejército, policía, e inteligencia colombianos.

La escandalera política subsiguiente ocasionó la retirada o expulsión de embajadores entre ambos países y a los que se añadió, “preventivamente”, Venezuela, al ordenar Chávez que su frontera con Colombia fuera guarnecida por “divisiones de tanques y aviones”, por si acaso, es preciso añadir.

Para comprender el hilo argumental es preciso recurrir a las fotos del satélite obtenidas en esa región amazónica donde confluyen Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Es decir, para entendernos, una parte del inmenso territorio del Virreinato de Nueva Granada, del extinguido imperio español en América hace ahora doscientos años.

El enredo fronterizo ha tenido su personalización en los correspondientes presidentes: Alvaro Uribe por Colombia, Rafael Correa por Ecuador, y el inefable Hugo Chávez por parte de Venezuela. El oteador anteojo de esta intrépida columna, de la mano de un prestigiado colombiano, ha sido testigo de excepción de la “mêlée” protagonizada por los tres ante la comprensiva actitud hacia Ecuador y Venezuela del nicaragüense Ortega con la juiciosa disposición del resto de presidentes asistentes, y, se puede asegurar que Uribe no los tenía predispuestos a su favor.

Sino que, más bien, el colombiano, “solo ante el peligro”, se vio rodeado de tres presidentes con muchas afinidades entre ellos, y coaligados en su contra, y con un trayecto diplomático escabroso arrastras con el venezolano en los últimos tiempos. Chávez siente especial comprensión por la narcoguerrilla terrorista colombiana. Y es, también, interlocutor e intermediario sesgado en la delicada cuestión de los rehenes.

Con timidez, Panamá, México y Brasil, respaldaron al colombiano. La presidenta chilena, Bachelet, hizo ese papel tan difícil como cómodo de “dar la suave”, como dicen los mexicanos, y quiso quedar bien con todos. Cristina Fernández, sucesora de su marido en la presidencia argentina, estaba más pendiente de su aceptado “glamour” y de la gentileza prodigada por Hugo Chávez. Ante este auditorio Uribe hubo de lidiar su particular toro de la guerra civil que sostiene desde su llegada a la presidencia.

El ecuatoriano Correa, que, por lo visto ignoraba la presencia de establecidos guerrilleros colombianos en su territorio, tenía la débil postura del que se entera por “los periódicos”, y sólo cuando desencadenado el ataque, recibió cumplida información de Uribe, que también presentó sentidas disculpas al pueblo ecuatoriano por la expedición de castigo a dos kilómetros de la frontera. Los ordenadores portátiles confiscados confirman ese asentamiento en la selva ecuatoriana y el papel “gestor” que venía jugando en la liberación pactada de rehenes por los guerrilleros.

Las razones expuestas en la Cumbre por Alvaro Uribe fueron claras y documentadas. Las fronteras colombianas en la Amazonía son coladeros para la guerrilla, y, que, en el caso motivo del conflicto diplomático, ha resultado flagrante. La coincidencia política de sus “adversarios” también es manifiesta y coincidente con la de los “narcoguerrilleros” dentro del populismo asentado en Venezuela y Ecuador. Afortunadamente, el diálogo propiciado en la Cumbre, dio fruto y abrió paso a una “entente cordiale” entre los tres presidentes en discordia que, por el bienestar de todos, es deseable se prolongue en el tiempo.

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