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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La intromisión de los malditos

José Romero P. Seguín
Redacción
martes, 11 de marzo de 2008, 23:45 h (CET)
Alguien ha pronunciado la sentencia:”La mejor respuesta frente el último asesinato de ETA, es ir a votar”. Supeditando con ello nuestra voluntad a su criminal exigencia.

ETA pide la abstención, por lo tanto, los que piensan abstenerse coinciden con ella, y si no quieren hacerlo han de elegir entre votar o caer en la execrable coincidencia, si persisten en su intención incurrirán en seguidismo, si por el contrario eligen apartarse del pérfido mandato han de votar, es decir, no se pueden abstener, luego ETA ha conseguido interferir en su voluntad frente a las urnas.

Pero no nos quedemos en el supuesto de la abstención, imaginemos que ETA pide ir a votar, qué haríamos entonces, no votar para no coincidir con ella. Y si pidiese el voto para el PSOE o el PP, que haríamos, no votar al elegido. Es más, y si pide el voto en blanco, que haríamos los quisiéramos abrazar esa opción.

Ese es el continuo dilema en el que se ha encontrado desde siempre la democracia frente a ETA, al convertirla, incomprensiblemente, en referente a batir en el banco de pruebas de nuestra legitimidad democrática, algo que sólo ocurre en las democracias inmaduras, en las que el Estado de Derecho no es el alma del sistema sino un discurso más dentro de él.

Los demócratas no tenemos nada que demostrar frente a ETA, por lo tanto, no debemos tomarla como referencia a la hora de tomar decisiones dentro de este ámbito. Frente a ella y como respuesta a su brutalidad tenemos los instrumentos que nos da el Estado de Derecho, máxima expresión de nuestra inequívoca voluntad democrática, y a ellos hemos de recurrir y con ellos le hemos de responder.

Hemos de poner fin a esta locura de ligar nuestro quehacer democrático a sus crímenes, porque en ello hemos extraviado algo más que intenciones electorales, hemos comprometido gravemente la dignidad, la justicia y la memoria, y en esa terrible carencia deambulamos por sus designios en la ilusión de estar en posesión de razones que lógicamente terminan siendo las suyas.

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