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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

ETA, la abstención y el País Vasco

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
martes, 11 de marzo de 2008, 06:58 h (CET)
Son cerca de las tres de la tarde y hace escasos minutos se hacía público el primer avance (14:00 horas) de participación en las Elecciones Generales. Participación de un 40,46%, algo más baja, aunque poco, que la del año 2004. Un dato me ha llamado mucho la atención: la caída de participación de casi cinco puntos –casi ocho en Guipúzcoa- registrada en el País Vasco.

Verán, siempre se ha dicho, con razón, que la democracia es la alternancia en el poder sin derramamiento de sangre. Y eso, tristemente, hace ya tiempo que no sucede en España.

En el año 2004 las elecciones estuvieron notabilísimamente influidas por el atentado criminal que se llevó por delante la vida a 192 personas en Madrid. Y, en opinión de algunos, también por la manipulación mediática que se produjo a continuación. Sea como sea, por mucho que se intente negar por parte de la estúpida corrección política instalada entre la clase dirigente y los medios de comunicación, los atentados influyen en el proceso mental de conformación del voto de las personas. ¿Cómo no va a influir un atentado si ese mérito o demérito se le concede hasta un rígido, aburrido y encorsetado discurso televisivo? Decir lo contrario es, sencillamente, mentir y tomar a los españoles por bobos.

Trágicamente las elecciones que hoy mismo se están celebrando en España también se van a ver marcadas por el derramamiento de sangre de un inocente a manos de la banda criminal –que no “organización armada”, señor Llamazares- ETA. Es decir, nos vamos a volver a encontrar con unas elecciones marcadas por la anormalidad. Unas elecciones cuyos resultados son impredecibles en tanto en cuanto se desconoce la influencia que el terrible suceso haya podido tener en la intención de voto de los dos grandes partidos, empatados según se desprende de casi todas las encuestas publicadas hasta la fecha.

Desde los dos partidos con opciones de gobierno, esto es, PSOE y PP, se nos pidió, en respuesta al brutal atentado, a los ciudadanos que acudiéramos hoy masivamente a las urnas a depositar nuestro voto, que es lo peor que le puede pasar a una organización totalitaria y asesina como ETA, que pretende implantar su dictadura a base de tiros en la nuca y coches-bomba. Ellos, los criminales, lo saben y por eso, entre actos de violencia callejera (en realidad lo de violencia callejera es eufemismo para referirse a actos de terrorismo), preconizan la abstención.

Pues bien, lo deplorable es que allí, en el País Vasco esté, por miedo, complicidad o indiferencia, cayendo la participación muy por encima de la media española, cuando son precisamente las provincias vascongadas, a las que aún no ha llegado la democracia –jamás hubo elecciones verdaderamente libres; siempre se ha vivido bajo el miedo a la dictadura (Franco o ETA, ETA o Franco, tanto monta, monta tanto)- el codiciado y último objetivo de ETA.

Lo dice todo que sea precisamente allí donde los terroristas, cuyo fin, no se olvide, es la “Euskal Herria socialista”, la Corea del Norte europea, estén consiguiendo su objetivo de alejar al ciudadano de las urnas. ¡Qué pena!

Del resultado electoral, incierto a estas horas, ya les hablaré el viernes.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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