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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

Qué será de la economía después del 9-M

Sergio Brosa
Sergio Brosa
martes, 11 de marzo de 2008, 06:58 h (CET)
Aún quedan varias horas para que cierren los colegios electorales. No hay predicciones; a quién le interesan salvo a los que tendrán un puesto de trabajo bien remunerado los próximos cuatro años y la posibilidad de medrar en la administración española. El nivel de participación a esta hora es inferior al de 2004. El execrable asesinato de Isaías Carrasco no ha afectado ni a la intención de voto de nadie ni tan siquiera a la intención de ir a votar, salvo quizás en Mondragón (Arrasate) foco de extremismo proetarra, donde la participación estará entre la abstención pedida por la dirección de ETA y el llamamiento a las urnas de la hija del ex concejal asesinado.

El nuevo gobierno que salga de estas elecciones tendrá que medrar en la desaceleración económica de la que hablan los socialistas o de la crisis económica que mientan los conservadores.

Los unos dicen que el paro sólo ha aumentado el mes febrero último en 53.400 nuevos desempleados, mientras que los otros dicen que el paro se ha disparado. En este punto, podríamos comparar los datos con EE.UU., donde se originó la crisis, desaceleración o principio de recesión que nos aqueja, donde su presidente George Bush, ya ha reconocido con la boca pequeña que sí, que hay una cierta desaceleración económica.

En EE.UU. el paro ha producido en el mes de febrero 63.000 nuevos desempleados y el país está ahora en la creencia de que tal cifra sólo puede deberse a una verdadera recesión. Tal cifra de parados sobre una población de 300 millones, en números redondos, supone el 0,02% mientras que en España es el 0,12%. O dicho de otro modo, un 500% más que en EE.UU. en datos ponderados. De manera que el ritmo de desempleo es severamente mayor en nuestro país, pero quizás no sea como para considerarlo una recesión; en EE.UU. son todos muy dramáticos. Tal vez por ello van a inyectar este mes 200.000 millones de dólares en el sistema bancario.

Podemos seguir con el estallido de la burbuja inmobiliaria, el incremento de la morosidad, el descenso del consumo y cosas así. Aunque por suerte, dicen unos en voz del vicepresidente Pedro Solbes, el superávit fiscal en España fue del 2,23% del PIB en 2007, equivalente a 23.368 millones. Son los mejores datos de la democracia, dijo y han permitido reducir la deuda pública al 36,2% del PIB, su nivel más bajo de los últimos 20 años. Por primera vez, el superávit de la Administración central rebasó el de la Seguridad Social, dixit.

Pero el superávit fiscal no garantiza el crecimiento: para que la economía crezca se necesitan inversiones y, además, es necesario no sólo que las cuentas públicas estén equilibradas, sino también que el monto y la calidad del gasto público sean adecuados. ¿Es así como están las cuentas de las Administraciones Públicas en España?

Si el nuevo gobierno sale de la mayoría socialista, ellos sabrán lo que hay que hacer, ya que ha sido bajo su mandato cuando se han producido los últimos desaguisados económicos. Pero si sale de una mayoría conservadora habrá que preguntarse cómo van a hacer frente a la situación económica que no parece muy boyante. ¿Van a limitarse a decir que el anterior gobierno lo hizo todo fatal y no hay quien lo arregle, razón por la que no van a poder bajar los impuestos como prometieron en campaña?

¿Pero si son los socialistas los que forman nuevo gobierno atajarán el problema después de reconocerlo ahora que ha terminado la campaña electoral? ¿Mantendrá Zapatero la devolución de los 400 euros? Seguro que eso sí, pero a costa de qué ya se verá.

Si los conservadores acaban por formar gobierno, haber ganado las elecciones se les convertiría en un severo engorro económico; serían los responsables de la situación y no se les iba a permitir que sólo echaran las culpas a los otros. Veríamos a Manolo Pizarro cómo se desenvuelve en la arena.

Lo que este país necesita en cualquier caso, gobierne quien gobierne, son severas dosis de imaginación: insuflar optimismo a la ciudadanía; atraer inversiones que generen puestos de trabajo y produzcan valor añadido: que creen riqueza en definitiva y se frene la inflación. Este país necesita volver a creer en sí mismo, recuperar la confianza y que las familias saldrán adelante no a base de cheques bebé ni subvenciones de emancipación, sino trabajando duro al regresar a la olvidada cultura del esfuerzo y la superación.

Confiaremos también en que la balanza electoral quede lo suficientemente equilibrada a favor de uno u otro, para que no nos suceda como en Bélgica donde siguen si gobierno después de meses de las elecciones, por la incapacidad de los políticos para ponerse de acuerdo en qué es lo mejor para el país y no para sí mismo, los partidos políticos hegemónicos.

En cualquiera de los casos, los partidos políticos españoles que obtengan representación parlamentaria, cobrarán de las arcas del Estado, léase el bolsillo de todos los españoles, las siguientes prebendas en forma de subvenciones por resultados electorales:

Subvención de 18.439,05 euros por cada escaño obtenido en el Congreso de los Diputados o en el Senado.

Subvención de 0,69 euros por cada uno de los votos conseguidos por cada candidatura al Congreso, uno de cuyos miembros, al menos, hubiera obtenido escaño de Diputado.

Subvención de 0,28 euros por cada uno de los votos conseguidos por cada candidato que hubiera obtenido escaño de Senador.

Vayan echando las cuentas. Así puede uno permitirse esas campañas publicitarias para las elecciones, tan rematadamente mediocres. Al fin y al cabo disparan con la pólvora del rey.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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