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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Carta abierta a Florentina Baldamero

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 10 de marzo de 2008, 07:07 h (CET)
“Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”. Winston Churchill

Mi vida:

Yo no puedo obligarte a que te deshagas de los recuerdos que decora(ro)n tu vida. Yo no puedo imponerte que dejes de ser quien en realidad eres. Quiero y deseo que sigas siendo como eres, porque quiero y deseo seguir siendo como y quien soy. Creo que puede haber (porque si lo hubo, podrán darse de nuevo las condiciones –si no iguales, sí similares- para que lo haya) un amplio espacio común en el que ambos podamos movernos a gusto, sin darnos codazos ni pisarnos. Estoy obligado a decirte qué es lo que me gusta y qué no de ti, de mí y del resto. No soy hipócrita ni quiero serlo. Debo disfrutar de la libertad necesaria para poder decirte en cualquier momento cuál es mi estado de ánimo, sin ambages. Y (abundo en tu parecer) yo tampoco quiero que lo nuestro acabe como el rosario de la aurora.

Con la expresión “caletre bien amueblado” quise decir que gozo de los beneficios que reporta llevar sobre los hombros una testa bien estructurada o montada, en definitiva o resumen, que no soy ningún pesquis loco, que no me tengo por orate sin remedio, o sea. ¿Locuras? Procuraré cometer las menos (porque acaso sea presunción señalar esto, ninguna). Nuestra disensión hinca sus raíces en un hecho (in)controvertible, que usamos distintas acepciones de la misma palabra.

Mi enemiga, la declarada, ya la conoces. Por cierto, ¿sabes quién escribió, aun firmando Fermín, dicho comentario en mi blog? Justo; acertaste; ella, la zorra, la “masqueperra” escarlata. Cuando me lo confirmó mediante SMS (pues sigue mandándomelos; ¿tendré que hablar con mi abogada al respecto, para que cese definitivamente el erebo?), me quedé de piedra, pues no salía de mi asombro. Para que veas con qué cruces cargo, quiero decir, con quién me di de bruces. Eso motivó que urdiera dos escolios (el segundo lo estaba escribiendo esta misma mañana, y así te lo he hecho saber, cuando me has llamado al móvil, que tú llamas celular).

A veces me gustaría ser de otra manera, no duro, como la caña, sino flexible, como el junco, y menos cerebral, pero cada quien es como es (no puedo dejar de ser la persona que soy –el medio y el miedo tal vez y la distancia entre ambos tampoco favorecen-). Itero lo que he trenzado arriba. Detesto la hipocresía. Siempre digo que la mía no es la duda metódica de Descartes, pero acaso sea una argucia o estrategia mental elaborada por mi intelecto para evitar recibir otros golpes de un estilo semejante al de marras, y el resultado, a la postre, puede que se parezca mucho al de la hesitación del filósofo francés.

Discrepo. Yo creo que nuestra relación no empezó mal, sino bien, y que la perseverancia todo lo alcanza. Pero, si los dos no remamos en la misma dirección, nuestros esfuerzos serán vanos y las paladas que demos baldías, sin duda. Y el bote, nuestro Amor, se irá, sin remedio ni remisión, a pique.

Hiciste bien en leer la apostilla que hice a ese escolio. En ella sostenía que quería y tenía que contar con tu parecer, porque nuestra relación afectiva aún no está hecha, la estamos haciendo los dos. Yo no digo que sea un proceso o tarea fácil, pero, si no lo intentamos y somos constantes, se irá al garete, quedará en agua de borrajas o cerrajas.

Quiero que sepas que, con la inestimable ayuda del flotador que es esta urdidura (o “urdiblanda”), voy a rescatarte (si es posible –¿por qué no va a serlo?-, con arte) del piélago. En otras ocasiones, seguramente, ocurrirá al contrario o será al revés. Te voy a hacer el boca a boca (esta vez, sin extraerle placer el hecho) y a dar un masaje cardiaco para que te recuperes. Luego, tú decidirás hacia dónde encaminas las punteras de tus zapatos. Me defraudarás si desistes y huyes despavorida. Empero, lo aceptaré. De mala gana, mas lo soportaré (esa será mi intención, al menos).

Yo he sido y soy el hombre más feliz del mundo haciendo planes contigo, en los que tú has sido y eres mi pareja. Es cierto que eres estéril (de ese defecto careces de toda culpa; ¿y si yo también lo soy?), pero, asimismo, tienes muchas virtudes (entre las consabidas y las consensuadas, destacaré que tienes una inteligencia natural, no adquirida –aunque has aprendido muchas cosas de la vida, claro-, fuera de lo común).

Si deseas lo mejor para mí y me amas de veras, te ruego que no te rajes, que no claudiques, y que seas optimista. Intuyo o sospecho que lo nuestro tiene una pinta estupenda, o sea, que va a coronar felizmente, aunque no haya de por medio alianza.

Sé que no eres ni estafadora ni mentirosa. Yo, tampoco.

Permíteme que te corrija. Creo haberte dado muestras bastantes de haber permanecido (no en cuerpo, por supuesto; las razones son obvias; pero sí en espíritu) a tu lado. Así lo he sentido yo, por lo menos. ¿Tú no?

Quizá, tanto tú como George Bernard Shaw (“El peor pecado para con nuestras criaturas amigas no es el odiarlas, sino ser indiferentes con ellas; ésa es la esencia de la inhumanidad”), tengáis razón en lo de la “malcontenta”, pero coincidirás conmigo en que la llamo de todo, menos guapa, ¿verdad?

Espero, (im)paciente, tus parágrafos, plenos de sensatez.

Te ama y desea con toda su alma que los sueños proyectados (por separado y mancomunadamente) para un futuro próximo, a medio plazo, gozando juntos de ellos, tengan sus correspondientes correlatos reales tu

Félix Unamuno.

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