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La radio, instrumento de “La Paideia”

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
sábado, 8 de marzo de 2008, 23:54 h (CET)
El 21 de enero de 1945 apareció en la revista Todo México un artículo de Alfonso Reyes que he recuperado como parte de una investigación historiográfica que llevo a cabo en mi Universidad. Duele documentar cómo la mezquindad y la pequeñez que trae consigo el amor al dinero, disminuyeron el alto ideal que se tenía de la radio. Después vino la televisión, claro.

“Con motivo de la campaña alfabética, han aparecido por ahí artículos sobre la importante función de la radio y los servicios que puede prestar para semejantes empresas de educación social. Me siento animado a suscribirlos todos. Cuanto acentúe la importancia de las nuevas artes -radio, cine-, cuanto contribuya a orientarlas y a utilizarlas en la construcción humana, que es nuestro deber inapelable, merece la mayor simpatía y la mayor atención por parte de los hombres de buena voluntad, ora pertenezcan a una o a otra de las tres clases en que los antiguos dividían a los ciudadanos: la carrera de los honores (la política), la de las armas (la milicia), o de las letras (la cultura).

“Aunque mucho se ha escrito ya sobre estas nuevas artes, y aunque en el cine, por ejemplo, debido a los cánones de Hollywood, se hayan introducido ya algunos esquematismos y rutinas que no dejan de desvirtuar la libre invención y de atajar los saludables sobresaltos del proceso vital, parece que tales nuevas artes van a disfrutar del privilegio que acompañó al crecimiento de la tragedia griega. Consiste este privilegio en no haber tenido que sujetarse a una preceptiva teórica y apriorística. Las reglas, las uniformidades, los automatismos de la tragedia, eran efectos de la necesidad, impuestos por las circunstancias y los ambientes físicos y mentales. El codificador de preceptos, Aristóteles, es un arqueólogo: nació después de la tragedia y cuando ya ésta agonizaba. Le aconteció con ella lo que a Gracián con el conceptismo español: que lo sometió a preceptos a posteriori. De suerte que, en vez de fijar reglas al creador -lo que siempre es perjudicial-, uno y otro describieron los resultados; y aunque hayan pretendido dar valor legislativo a algunas de sus observaciones, ya no hubo quién se dañara erigiendo las ‘regularidades’ en ‘reglas’.

“Cuando hablamos, pues, de orientar y aprovechar las nuevas artes, nos conservamos en un extremo respetuosos para su libre desenvolvimiento, y muy lejos estamos de querer imponer preceptos a estos delicados embriones.

“Ahora bien, si deseamos hacer entrar estas nuevas artes en los cuadros de los géneros clásicos, fácil nos será acercar el cine a la función literaria episódica (teatro-novela), y aun darle el crédito de que está llamado a ser la forma por excelencia para la épica de mañana; que ésta ya se resiste mucho a caminar sobre la sola expresión verbal, y en cambio se desliza muy a sabor sobre los complementos visuales que aportan la fotografía o el dibujo en movimiento. En cuanto al conflicto cine-teatro, creemos que es un conflicto que se resuelve andando, como las aporías del paradójico griego. Creemos que, caminando y caminando, estas dos agencias artísticas se delimitarán y se purificarán mutuamente, labrándose cada una para sí, por virtud interna y también por choque con la otra, su cauce específico. Y, en cuanto a la radio -que en muchas de sus fases será sólo un refuerzo de la difusión literaria y la musical-, en una de sus aplicaciones más características vendrá precisamente a sustituir a la antigua oratoria.

“Aquí no entendemos por oratoria ese inútil alarde, esa danza de palabras ociosas ante un público sometido al chubasco por deber cívico o social, o arrebatado en el torbellino por la polarización fanática de unos instantes: no. Entendemos por oratoria todo aquel sistema sustentado en la retórica, en que Isócrates fundaba las bases del humanismo político y que Quintiliano organizó en verdadero programa de educación liberal. Entendemos por oratoria la educación de la sociedad por el hombre que ora o habla, a través de los recursos de la persuasión, servidos por el encanto artístico. Cuando los sofistas, fundadores de la ciencia social, abrían escuelas de retórica para formar oradores, querían decir: para formar directores políticos, maestros del pueblo, pilotos responsables de la nave del Estado.

“Pues bien, esta función de tremenda responsabilidad ha caído hoy en mano de los locutores de la radio. No de los meros anunciantes, claro está, sino de los periodistas del micrófono, que todos los días difunden informaciones, comentarios, consejos, ideas.

“La radio es instrumento de primer orden en esta educación que nos espera más allá de los años pueriles y juveniles, más allá de las escuelas, en el aire mismo de la vida, y que acompaña sin remedio toda nuestra existencia y la va modelando a lo largo de nuestros días.

“De esta construcción diaria del hombre por el hombre resultan el carácter y el valor de las civilizaciones. Los griegos la llamaron paideía, palabra desenterrada en nuestros días por el humanista Werner Jaeger y que es a la pedagogía lo que el género a la especie y lo que el todo es a la parte. La radio, nueva arte oratoria, instrumento de la paideía, tiene ante sí vertiginosas perspectivas. No sabemos hasta qué punto influirá en las determinaciones futuras de la especie humana. Por eso nos indigna tanto que se la use, en ocasiones, a tontas y a locas.”

Molcajeteando…
Voy a la mitad de La diferencia. Radiografía de un sexenio. Ojalá los autores hubieran firmado los capítulos, para así saber cuál merece la codiciada presea “Nopal con jarcia y plumas de colibrí” por el mayor número de zancadillas y puñaladas traperas a la gramática, si el “Güero” que habla inglés y lee The New York Times, o el doctor en ciencias sociales que desempeñó el triste papel de hermeneuta de cabecera de Vicente Fox.
La semana entrante hablaremos de ello.
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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.

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