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Etiquetas:   Carta al director  

Apostatar

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 8 de marzo de 2008, 06:09 h (CET)
El ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid, gobernado por Izquierda Unida (IU), convertirá en un ejercicio sólito la apostasía en España (uno de los tres más graves pecados en la antigüedad, junto al adulterio y el homicidio) con el fin, según el alcalde de la citada localidad, de “no ser un número más en las cifras que maneja la Conferencia Episcopal”.

No vayan a pensar que impulsar la campaña de apostasía y presionar a los poderes públicos para que creen un marco jurídico que fuerce a la Iglesia a atender los derechos de los apóstatas es una respuesta a la reciente elección de Rouco como presidente de la Conferencia Episcopal. Por lo demás, la pretensión de condicionar la orientación del voto con semejante propuesta produce perturbación intelectual y anemia moral. Más bien se trata de una vieja reivindicación de las asociaciones laicistas, un corolario de las políticas de alianzas de Zapatero con los movimientos de la sociedad civil, la prioridad que el Gobierno ha dado al movimiento gay y a otros grupos cómicos de la nueva burguesía progresista y anticlerical, que en absoluto representan la cultura y la sensibilidad de España.

En el año 2004, surge un colectivo que incentiva la apostasía y el rechazo explícito de la Iglesia católica; algunos de sus líderes están vinculados a la Federación de Gays, Lesbianas y Transexuales, y han organizado en Madrid y Valencia actos colectivos de presentación de instancias de apostasía. Apenas cuatro años después, la política de alianzas de Zapatero con el mundo de la cultura atea, anticlerical y titiritera comienza a dar sus frutos.

Desde la elección de Llamazares se ha adoptado un laicismo excluyente y anticlerical sin ninguna referencia al cristianismo, a diferencia de lo que sucede en Francia o Italia, un radicalismo banal generador de problemas en el seno de IU. Lejos de proporcionar un solo voto útil, al que apelan como un campo de demarcación electoral, las demandas laicistas más extremistas de Llamazares y su profunda radicalización no hará sino retraer y dejar huérfano el voto comunista, asimilado a partir de ahora de un modo más pragmático en los “motivos para creer” de Zapatero.

La intolerancia y reactivación del ateísmo militante en España no ayuda a la construcción de la nación; más bien lo que produce es “la desarticulación del proyecto sugestivo de vida en común”, en la admirable definición de la nación de Ortega. La política de convivencia entre los españoles exige dejar fuera cualquier concepción laicista donde se propugne la infame pretensión de que el Estado no favorezca la libertad religiosa de cualquier ciudadano.

Si IU no contribuye a la construcción de una España laica, el PSOE tampoco es “el partido que más se parece a la España real”, como afirmara su secretario de organización José Blanco. En su discurso y en su práctica no se reflejan en él la cultura ni la sensibilidad cristiana de sus votantes. ¿Qué dirigente puede afirmar, sin perder la sonrisa, que la democracia exige una cultura basada en valores seculares, y que en las sociedades modernas la fe pertenece a la esfera de lo privado? Los valores cristianos, a pesar de Zapatero y de sus amigos apóstatas, son valores seculares y forman una cultura pública que fácilmente puede asimilarlos. Una de las políticas deficitarias de Zapatero consiste en no haber sabido configurar una cultura interna polifónica, en ignorar la relevancia pública de la religión y de la Iglesia en la construcción de la nación española, para doblegarse reverencialmente ante su criatura esperpéntica y abortiva de la Alianza de Civilizaciones. Veamos con estupor hacia dónde nos dirigimos.

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