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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Luz silenciosa

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
sábado, 8 de marzo de 2008, 06:09 h (CET)
Hace unos 30 años tuve ocasión de ver una singular película de temática religiosa, que marcó mi vida y fundamentó mi afición al séptimo arte. Su título: Ordet, La Palabra, la obra maestra del cineasta danés Dreyer.

Al recibir el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, en el Festival de Lima y en el de Cine Iberoamericano de Huelva, Luz silenciosa, del mexicano Carlos Reygadas, varios profesionales, críticos de cine, coincidieron en alabarla y compararla con la de Dreyer o con la obra de Bergman.

Movido por la curiosidad, quise comprobarlo por mí mismo y sinceramente confieso que no me defraudó en absoluto. Sin ninguna pretensión de sentar cátedra en un terreno en el que soy sólo mero aficionado, mi impresión es que rompe casi todos los esquemas del cine convencional comercial, por su temática, estética y contenido.

Ante todo diré que es una obra inaguantable para un público que va al cine con la sola voluntad de divertirse nada más. Es ésta una cinta para pensar y hasta comentar en grupo, propia de cineforum. Los actores no son profesionales. Son gente corriente, de entre un grupo y ámbito protestante, llamados menonitas, instalados en el norte de México. Muy pocas palabras, las necesarias y muchos espacios de silencio, con planos largos, como el inicial y final, que descolocan y hasta ponen nerviosos a algunos espectadores.

Refleja los grandes problemas religiosos del hombre de siempre: La vida, la tierra, el amanecer y anochecer, la naturaleza, el amor, el matrimonio, la familia, el adulterio, la conciencia, la fe, el pecado, el remordimiento, las consecuencias del mal, la muerte y la polémica resurrección (¿sueño o realidad?).

Algún crítico actual calificó su desenlace de gran mentira. Injusto y creo no conforme a la realidad. La recomendaría a personas formadas y capaces de valorar y comparar su vida con la del protagonista. Ningún cinéfilo y amante del buen cine debería perdérsela. Seguro que a nadie dejará indiferente.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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