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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La elección de Rouco

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 6 de marzo de 2008, 11:38 h (CET)
Blázquez significaba la resignación, Rouco la única gleba fecunda ante la política laicista del gobierno de España. La memoria de los errores de Zapatero y sus persistentes amenazas sólo podía adoptar una traducción de indocilidad intelectual y moral por parte de la jerarquía de la Iglesia católica.

El discurso sobre la laicidad, a diferencia de otros países, es un discurso inmaduro en la sociedad española. La laicidad positiva del Estado significa que el mandato constitucional contenido en el artículo 16.3 pide cohesionar una política de cooperación en las relaciones con la Iglesia católica. Es lo que marca la Constitución, y que obliga, pese al desagrado profundo de muchos socialistas, al margen de cualquier coyuntural gobierno.

Pero el actual Gobierno de España no ha contribuido a esa política de laicidad positiva. Más bien Zapatero se propone reactivar un ateísmo político, favorecedor único con sus políticas sociales de la hegemonización del Estado. Su ideología se está convirtiendo en ideología de Estado, en un nacional laicismo. Zapatero está imponiendo una hegemonía ideológica patente en la sociedad civil, haciendo peligrar impunemente la neutralidad del Estado. Cuanto más provoque a la Iglesia católica, como parece convertirse ya en práctica habitual en sus arengas, más palmario será su desdén hacia el bien público de la religión y el servicio inestimable que la Iglesia realiza en la sociedad.

La elección de Rouco como nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española es una respuesta de sana desobediencia ante un paisaje social exento de ejemplaridad, y previamente una contestación pública ante el que ha saturado ese paisaje de leyes insalubres para el ciudadano, como las leyes de educación, matrimonios homosexuales, reproducción asistida, biomedicina o memoria histórica.

Zapatero no está dispuesto a asumir ninguna demanda de la Iglesia católica. Peor, no admite que ésta influya en la sociedad. Lo que significa mala voluntad y torpeza política. Mala voluntad porque no hay determinación a escuchar la verdad que la Iglesia ofrece a la sociedad y al hombre. Torpeza política porque condena a la misma sociedad a no disponer de bienes que la Iglesia es capaz de ofrecer al ser humano, una reserva de moral y de sentido a todo ciudadano.

El presidente del Gobierno considera una pretensión infundada que la Iglesia vea atendidas algunas de sus demandas. De este modo, rompe cualquier marco de diálogo abierto con la Iglesia. Es más, Zapatero quiere dar por terminados los Acuerdos con el Vaticano e instaurar un nuevo tipo de relaciones con la Iglesia. Unas relaciones imposibles en la actualidad por ausencia notoria de diálogo y de una colaboración que Rouco acaba de ofrecer a la autoridad política bajo el principio innegociable del bien común. La ausencia de diálogo y de colaboración constituye un escándalo en cualquier nación donde el peso institucional de la Iglesia católica es sustantivo, como sucede en la nación española.

Es extravagante y frívolo que el Ejecutivo mantenga una política de hostigamiento hacia los obispos, al tiempo que plantea una Alianza de Civilizaciones donde parece que la cultura política vive de espaldas a la cultura religiosa de España. Un mar de contradicciones y una profunda convulsión nos aguarda si persiste la política de acoso y derribo hacia la Iglesia católica, portadora excelente de propuestas morales y culturales, además de religiosas, que enriquecen al ser humano y a la vida nacional, convirtiéndola así en un magnífico interlocutor en la comunidad discursiva.

O Zapatero muestra un cambio de orientación cultural positiva hacia la relación con la Iglesia católica, o será evidente el malestar por incumplimiento del mandato constitucional y su incapacidad para articular en su gobierno una cultura católica que es la que posee el mismo votante socialista y le permite en la actualidad ser presidente.

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