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Opinión
Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar  

La violencia que no cesa

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 5 de marzo de 2008, 22:56 h (CET)
La violencia doméstica, la violencia de género, la violencia machista es un fenómeno preocupante que cada día salta a los medios de comunicación. Es necesario reflexionar sobre ello ya que las leyes que se dictaron para poner freno a este tipo de violencia dan la impresión que han servido para exacerbarla.

El clamoroso fracaso de unas medidas, que no han conseguido disminuir el número de asesinatos, se trata de explicar por la falta de policías que protejan a cada mujer que denuncia malos tratos. Pero ¿sería esto posible? Alguna voz política femenina se ha alzado para decir que hay pocas denuncias por parte de las mujeres. Las condenas de alejamiento ¿Cómo pueden cumplirse si la pareja continua viviendo en la misma localidad?

Por otra parte en la denuncia de malos tratos, verdadera o falsa, la presunción que recae sobre el marido es siempre de culpabilidad. Un hombre que es acusado por su pareja, pierde su casa, pierde sus hijos, pierde su fama, pierde en muchos casos su trabajo. Es, socialmente, un apestado. ¿Es extraño que algunos reaccionen con extrema violencia?

El feminismo radical no ha buscado la igualdad entre hombres y mujeres sino la revancha contra los varones. La discriminación “positiva” no deja de ser discriminación.

Pero vayamos más al fondo de la cuestión. Después de tanto promover la permisividad y la tolerancia el crecimiento de todo tipo de violencia en nuestra sociedad es un hecho patente. Los políticos no cesan de vocear acerca del reconocimiento de nuevos derechos, pero no quieren hablar de deberes. Si se dice a la gente que la felicidad es ser libres para satisfacer sus caprichos y sus instintos sin responsabilidades se les está engañando porque la vida exige esfuerzo, sacrificio, entrega y para esto no han sido preparados.

Vivir en pareja exige un plan de vida en común más serio que el recíproco disfrute del sexo. Por eso, cuando una pareja se hunde, quizás es que no fue edificada de forma seria y eficiente y ahora las parejas duran poco, incluso se les facilita la ruptura con el divorcio exprés. Las estadísticas muestran que por cada matrimonio que se celebra se rompe otro, quizás más porque en las estadísticas, pienso, no se contabilizan las rupturas de las parejas de hecho.
En un año se rompen ciento cincuenta mil matrimonios y para muchos esto es un fracaso y un drama. Unos lo asumirán con resignación, otros alegremente, muchos intentarán encontrar la ansiada felicidad con el cambio de persona, pero otros reaccionarán con violencia, con amenazas mutuas, con agresiones.

Todo esto no lo puede arreglar el código penal con medidas judiciales y policiales, que es tratar de luchar contra las consecuencias sin atender a las causas, y las causas están ahí: no se ha educado a varias generaciones en el esfuerzo, el dominio de sí, el respeto al otro, la generosidad y la entrega, la responsabilidad de los propios actos.

La familia que tenía que ser el principal agente de educación está en crisis. Hace años, en un número de la revista Triunfo dedicado al matrimonio, una de las defensoras del divorcio, todavía en activo, decía que también había que terminar con la familia. Desgraciadamente lo van consiguiendo.

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