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El Plan Cóndor del pensamiento

Luis Agüero Wagner
Redacción
miércoles, 5 de marzo de 2008, 06:06 h (CET)
El escritor, filósofo y crítico artístico estadounidense Harold Rosenberg, conocido por acuñar la definición de arte abstracto y teorizar sobre el expresionismo, calificó alguna vez la guerra fría como una batalla donde con falsedades se luchaba por intereses verdaderos.

Es conocido el papel de la CIA en el derrocamiento de líderes populares para instalar en el poder a tiranos criminales en todas las latitudes, rol prolíficamente documentado en casos como Irán, Guatemala, Chile, entre tantos otros. Menos conocido es que ya desde su nacimiento en 1947, la CIA estructuró un extendido entramado de agentes y estrategas políticos apoyado por los grandes monopolios y enlazado con las universidades de la Liga de la Hiedra, el elitista conjunto de las universidades del Noroeste estadounidense. Este conglomerado de talentos e intereses siniestros cuyo principal adversario estaba identificado en la expansión comunista se abocó con eficacia a promover los ideales acordes a sus pretensiones en una suerte de nueva era de la ilustración, que sería conocido como “El Siglo Americano”, y en cuya segunda edición trabajan hoy los hombres de George W. Bush.

Aunque en forma involuntaria, la mayoría de los más destacados intelectuales, artistas y comunicadores del mundo se vincularon a este objetivo velado que patrocinó operativos culturales sin escatimar recursos, doblegando a todas las corrientes que le salieran al paso. Así surgieron congresos por la Libertad Cultural, como el instalado en París en 1950, y tantas otras conferencias de pensadores que unificaron sus esfuerzos en aras de la hegemonía cultural norteamericana en el mundo.

En el Cono Sur americano la praxis genocida y los postulados teóricos se acrisolaron en compendios de falsedades difundidos por los intereses tangibles de Washington.

En los países que vincularon las dictaduras genocidas en el siniestro Operativo Cóndor, estas ideas fueron sintetizadas e instrumentadas en la denominada “Doctina de la Seguridad Nacional”, serie de juicios parciales y medias verdades con las que se justificaban medidas radicales contra la insurrección en Latinoamérica.

La doctrina propagó una visión difusa y ampliada del enemigo, incluyendo en la misma bolsa tanto a combatientes guerrilleros o terroristas rebeldes como a intelectuales que propagaban ideas “peligrosas”, lo cual dio un verdadero cheque en blanco a Pinochet, Videla, Stroessner y otros tantos para negar los más elementales derechos a quienes cuestionaban sus abusos de poder.

Una doctrina que llevaba en sí misma la diabólica perversión de fatales sofismas sirvió así para perseguir sin piedad a pensadores, pedagogos y universitarios considerados seres viles y apóstoles de la maldad que no merecían ninguna compasión.

Esta doctina que justificó atrocidades inimaginables alcanzó en Paraguay al educador Martín Almada, quien realizando estudios de pedagogía en la Universidad de La Plata tuvo un encuentro casual en esa ciudad de la Argentina con el agregado militar de la República Argentina en Paraguay, coronel Juan Carlos Moreno. El militar argentino retirado era en ese entonces “asesor” del Rector de la Universidad, un personaje que también se encontraba vinculado a las universidades del Brasil manejadas también en ese tiempo por los militares.

Tres décadas más tarde el descubridor de los archivos del Terror (Almada), comprobó que había sido Moreno quien gentilmente acercó al dictador paraguayo Alfredo Stroessner un ejemplar de su tesis “Paraguay: Educación y Dependencia”.

Inspirado en la educación liberadora de Paulo Freire, la tesis de Almada enfatizaba el papel alienante del sistema educativo paraguayo en beneficio de los intereses oligárquicos vinculados a los centros de poder imperialista, y abogaba por mayor independencia en ese sentido. Hubiera sido una temeridad hablar de una cuestión así en Paraguay, donde la sola mención de alguna terminología de raíz marxista - en este caso la “dependencia”- significaba un viaje asegurado a la cárcel, el exilio o el cementerio. Pero el educador pensaba que se encontraba libre de tales consecuencias en una afamada universidad de un país mucho más evolucionado y culto que el Paraguay.

El problema es que ese país se encontraba en “proceso” de reorganización nacional. Un verdadero comité internacional de agentes de inteligencia integrado por brasileños, argentinos, chilenos, uruguayos, bolivianos y paraguayos desfilaron por la mazmorra donde torturaron a Almada por un mes, cada uno de ellos intentando relacionarlo con alguna actividad subversiva de su respectivo país. Luego de aclarar dudas, lo enviaron a rendir cuentas al Tiranosaurio Stroessner, quien ordenó confiscarle los bienes y lo mantuvo en la cárcel por tres años, al cabo de los cuales obtuvo asilo político y partió a un largo exilio que duró 15 años.

Uno de los colaboracionistas con el esquema de la injusticia global durante y después del Operativo Cóndor, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, desató hace unos días el repudio de luchadores por los derechos humanos en Paraguay, con sus tendenciosas declaraciones en contra de la autonomía de pensamiento de los políticos latinoamericanos, rechazando la integración soberana y del ingreso de Venezuela al MERCOSUR, y en defensa del papel desestabilizador que hoy representan la diplomacia e intereses del mismo imperio que inspiró y sufragó el Plan Cóndor en la región. Cada palabra que logró articular sonó como un aletargado eco de la óptica norteamericana sobre Castro, Chávez, Morales y otros gobiernos relacionados con el ideal de la independencia integral de Latinoamérica.

Difícilmente podría esperarse otra cosa de quien ayudó a redactar la ley de educación que se aplicó durante la dictadura uruguaya, mentor del Pacto del Club Naval que aseguró la impunidad a los responsables del terrorismo de estado que asoló a su país, y cómplice de los escuadrones de la muerte que persiguieron a los luchadores sociales en los tiempos previos a la represión militar.

Un documento desclasificado de los años de la guerra fría definía a la forma de propaganda más efectiva como aquella en la que el individuo actuaba en la dirección que el imperio deseaba, pero creyendo que lo hacía por razones propias.

Tal vez hacernos obrar en ese sentido era el objetivo del libreto que recitó Julio María Sanguinetti en Asunción, antes de partir a para recibir honores de las clases dominantes en otros países donde al igual que por estos desolados paisajes, el imperio también mueve los hilos de títeres y titiriteros.

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