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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Miradas

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
miércoles, 5 de marzo de 2008, 05:42 h (CET)
Todas las miradas hablan por si mismas. Todo nuestro cuerpo es la expresión de un lenguaje universal que todos entendemos. Algunas miradas pueden caer en el vacío, pero ahí están con su vivo timbre aunque sea despreciativo. Otras, pueden conferir aprecio y expresar poesía. Hay quien mira y finge no ver. Gusta de vivir con los ojos cerrados. Reposa su vida en la permanente pasividad e indiferencia. Esto es inherente al momento actual, a las corrientes inhumanas de nuestro tiempo, puesto que es en la mirada de los demás, en quien necesita de nuestra ayuda, donde deberíamos cultivar una mística de permanentes ojos abiertos. De entre todas las miradas, desde luego, yo me quedo con la humana que mira y mora en el verso, bajo la escuela de los ojos del amor. Únicamente esta contemplativa nos emociona e instruye a una cercanía de corazones, a compartir nuestro tiempo y a perderlo con los demás, porque sólo así se purifican las lenguas en un mundo deslenguado a más no poder. Ya Bécquer, un adelantado y empedernido romántico de su tiempo, daba un mundo por una mirada y un cielo por una sonrisa. La verdad que, en el fondo de nuestro fondo del alma, siempre esperamos una reacción condescendiente, una mirada de benevolencia. Esa es la pura verdad.

A veces, pienso, que nos conviene adentrar nuestra mirada en las gestas y en los gestos del tiempo, en los abecedarios del arte y de las ciencias, de los espacios visibles e invisibles. Fue el científico estadounidense de origen alemán, Albert Einstein, quien dijo que “la belleza no mira, sólo es mirada”. Creo que es saludable mirarse en la historia de nuestra propia historia y reflexionar con la visión de la justa distancia. Un acertado paradigma es la actual exposición organizada por la Biblioteca Nacional de España con la colaboración de la Dirección General de Cooperación y Comunicación Cultural del Ministerio de Cultura y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, bajo el sugestivo título: “Miradas sobre la guerra de la independencia”. Una contienda que fue motivo de abundante número de estampas, dibujos e impresos en los que se informa, satiriza, exalta, debate, critica, polemiza desde planteamientos ideológicos y políticos diversos y con miradas muy diferentes. Entre todas estas miradas, con mayor penetración y agudeza que ninguna otra, destaca la de Francisco Goya. Sus “Desastres de la guerra” son el testimonio de la tragedia que afectó a la población, protagonista fundamental de sus estampas y protagonista de esta exposición, sobre cuya responsabilidad y fatales consecuencias se extiende en los últimos grabados de la serie. Viendo estas obras de arte, las miradas que nos dirigen al corazón, uno no puede menos que horrorizarse por el menosprecio de que ha sido objeto el ser humano.

Todas las guerras son crueles y lo seguirán siendo, por mucho que se nos anuncie la utilización de robots autónomos en conflictos armados. Todas las batallas tienen sus riesgos. Por ello, es conveniente no perder de vista lecciones pasadas. Será importante abrir los ojos que, hasta el primer beso, no se da con los labios sino con la mirada. Lo dijo el escritor británico William Shakespeare, “las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón”. En un momento en que el argot humano se ha mediatizado y mediocrizado, urge trasladar a los jóvenes que hoy extienden sus miradas hacia los adultos, lo esencial que es mirar con el alma los senderos de la vida. No es suficiente una formación educativa, por muy superior que sea, sin formación del corazón. Es en las vísceras del verbo, donde uno se puede mirar asimismo sin que le vigile esta controladora sociedad y, por ende, es el lugar propicio para aclarar visiones, poner en orden las ideas, todo bajo una mirada libre hacía sí y amplia hacia al mundo. En cualquier caso, la fidelidad a un saber mirar poético imprime un tono que nos encamina a contemplar el universo con los pies en la tierra y, a contemplar a la tierra, con la perspectiva sideral. La cuestión radica, ahora, en comprender este luminoso lirismo que nos entra por la atalaya de los días y no permanecer impasibles.

Estoy seguro que si tuviésemos un espíritu cultivado, (que no domado, la doma es para los animales), miraríamos las cosas desde muchos puntos de vista y, además, la capacidad de discernimiento, valor primario y primerizo para la convivencia, dejaría de estar ausente en los andares cotidianos, como lo está actualmente. A mi me parece que el ejercicio de cavilar es mucho más interesante que calzar muchos puntos, pero menos interesante que cultivar la mirada. Porque, realmente, la mirada teje abecedarios que la palabra no entiende. Enhebra, por ejemplo, acercamiento, búsqueda de la calidad y de la solidez humana, tanto moralmente como en el plano cultural. También descubre, percibe, pasa revista, atisba, que virus tan en boga hoy como el suicidio, las drogas (por cierto, España, a la cabeza de Europa en consumo de cocaína, hachís y drogas de diseño), y demás violaciones encartadas, donde la televisión es la primera violadora de estéticas, sólo responden a mezquindad de géneros, razas, religiones; y, en todo caso, siempre deben mirarse como debilidades humanas. Y, asimismo, que el caudal de violencia que tanto nos raya en el parte de la cotidianidad, sólo es el último recurso del ignorante. Todo esto es fruto de que los humanos aún no disfrutemos de las miradas, de mirar en una misma dirección, todos unidos, como los auténticos amantes.

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