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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Márgenes comerciales en productos agrarios

Domingo Martínez (Burgos)
Redacción
martes, 4 de marzo de 2008, 07:46 h (CET)
Las organizaciones de productores y la Unión de Consumidores han analizado la evolución del precio de los productos agroalimentarios en origen y destino en los últimos días, y han sacado como conclusión que algunos productos se encarecen desde el punto de origen al punto de destino más de un 1.000 por ciento. Tomando como referencia algunos productos que se consumen habitualmente en estas fechas señaladas como puede ser el cardo, la alcachofa, el lechazo, el cochinillo o las uvas, la conclusión es ciertamente preocupante dado el escandaloso margen de diferencia entre lo que percibe el agricultor y ganadero por el producto, y lo que paga el consumidor en el mercado.

Lo cierto es que mientras el precio pagado al agricultor y al ganadero se ha mantenido o ha subido ligeramente unos céntimos de euro, las familias han sufrido unos incrementos en apenas unas semanas de forma apreciable. Es decir se ha disparado el margen comercial para la cadena de distribución y para los intermediarios, mientras el productor percibe prácticamente lo mismo que semanas atrás.

Y es que mientras esto ocurre los agricultores y ganaderos se encuentran inmersos en una crisis de precios inasumible, y que supone en muchos casos que la explotación agraria no pueda cubrir los costes de producción.

Ciertamente que en una economía de mercado es difícil controlarlo desde las administraciones, pero si caben algunas medidas que no se han tomado como la exigencia en la trazabilidad, el bienestar animal, el cuidado del medio y la higiene de los productos importados. También cabe que los consumidores exijan productos de calidad autóctonos que cumplen escrupulosamente con todos los requisitos sanitarios y de trazabilidad, y no compren productos que procedan de otros países con dudosas garantías simplemente por que son más baratos.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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