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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Ganó el púgil, pero ¡se proclamó vencedor al derrotado!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 3 de marzo de 2008, 03:04 h (CET)
“París bien vale una misa”, sí señores, creo que esta frase atribuida a Enrique IV de Francia (algunos dicen que a su consejero Duque de Rosny) es perfectamente aplicable al placer que me causó ver ayer el debate entre Zapatero y Rajoy. Al margen de las valoraciones que los dobermans del presidente puedan hacer sobre su intervención en el debate; obviando las opiniones de los fanáticos de la izquierda, entre los que incluyo, como no, a los furibundos separatistas y al “entrañable” Gaspi, y dando por descontada la valoración partidista de todos los medios de comunicación afines al PSOE y los paniaguados de la farándula, para quienes tanto da que ZP sea un mentiroso, que pierda los papeles y que no sepa replicar con una verdad a su adversario, para proclamarle vencedor ( cosa que ya tenían decidida desde antes de que comenzara el cara a cara); lo cierto es que el debate que se celebró anoche no tuvo nada que ver ni por la actitud de los contendientes ni por la contundencia ni por el sabor que dejó en la audiencia, con el que hace unos días celebraron el señor Solbes y el señor Pizarro.

Con la tranquilidad que me da ser uno de los que quedé decepcionado, y así lo escribí, por la comparecencia de Pizarro que, a pesar de disponer de mejores argumentos, no los supo esgrimir ante un cachazudo y bregado Solbes; seguramente por su falta de práctica en esta clase de encuentros; puedo afirmar que cualquiera que presenciara el debate de los dos aspirantes a la presidencia del futuro gobierno, tuvo que sacar una conclusión clara: Rajoy le dio un baño de táctica, estrategia y credibilidad a su oponente. Vi a Zapatero como hacia mucho tiempo que no le había visto, desencajado, con pánico en la mirada, sentado al borde de su butaca e intentando, en vano, soportar el chaparrón que se le venía encima desde la posición de su oponente que, por el contrario, se mostró seguro de sí mismo, llevando la iniciativa y, algo muy importante, no dejándose arrastrar al terreno al que le quería llevar ZP. Se podrá intentar descalificar la agresividad que mostró Rajoy; se intentará alegar que Zapatero enseñó todas sus armas en las cuestiones sociales, pero la realidad es que el debate, interesante por otra parte, no tuvo más que el color de la gaviota.

Por primera vez el señor Zapatero estuvo contra las cuerdas la mayor parte del debate y esto que contó con la ventaja de concluir con su intervención cada parte del mismo. Tuvo que encajar que Rajoy le llamase mentiroso en varias ocasiones y tuvo que soportar que le fregase por la cara su falta de coherencia en materia terrorista, momento que quizá fue el más dramático del debate y que dejó bien claro quien era el acusador y quien el acusado. El continuo intento de utilizar el flashback político por parte de ZP no consiguió el efecto que se proponía y, por primer vez, este arma de los socialistas, tan sobada y manida, de buscar satanizar al PP escarbando en el pasado (la mayoría de veces con retruécanos dialécticos para deformar la realidad) para sacar a relucir equivocaciones o establecer comparaciones con el anterior gobierno de Aznar; aparte de resultar una táctica peligrosa, como en este caso se demostró con las contundentes réplicas de Rajoy, es algo obsoleto y que debieran de dejar de utilizar los del PSOE que, cuando carecen de argumentos para rebatir las tesis del adversario acuden, indefectiblemente, a temas como la guerra de Irak o la masacre del 11–M. No debieran olvidar que gracias a tan “oportuna” desgracia ellos consiguieron hacerse con el gobierno de la nación.

Evidentemente el tema estrella de la noche fue el terrorismo. Contra los intentos de defensa de ZP de endosarles al PP las culpas por una supuesta deslealtad al Gobierno en la lucha antiterrorista, Rajoy le respondió con una demoledora exposición de contradicciones cometidas por el jefe del Ejecutivo en la que dejó en porretas a ZP, que no supo ni pudo contrarrestar el efecto fulminante de las palabras de su oponentes que lo dejó retratado ante su imposibilidad de defenderse. Sólo, repito, personas que son incapaces de juzgar con objetividad una confrontación política, como la que tuvo lugar ayer, puede poner en duda la clara y evidente superioridad de Rajoy sobre un Zapatero que entró encogido en el debate y salió arrugado de él.

Mención aparte merece el moderador. Si el señor Matías Prats, cuya filiación política desconozco, supo en todo el transcurso del debate Sobles–Pizarro mantener una ecuanimidad exquisita, sin intervenir más que para asignar los turnos de palabra y sin inmiscuirse en las materias sobre las que debían tratar, limitándose a enunciar el tema; el señor Campo Vidal, del cual si conocemos su deriva política, no se supo estar en su sitio, explayándose demasiado en la exposición de los temas a tratar, dando pistas y permitiendo que Zapatero intentara desequilibrar a Rajoy con gruñidos y contínuas intervenciones cuando no era su turno. Sin embargo en una ocasión en que Rajoy quiso intervenir lo cortó rápidamente. También se recrearon en la salida de un Zapatero con sonrisa de mister Bean, forzada si las hay, de los estudios de TV. Inmediatamente conectaron con la sede del PSOE para que Caldera hiciera un comentario triunfalista, que a la legua se veía que tenía preparado, alabando el “triunfo” de su líder. No sé, porque ya se me hizo tarde, si llegaron a conectar con las oficinas del PP, pero, en todo caso, debió ya ser muy tarde. Lo dicho, una satisfacción para la derecha que nos hace confiar en que, si la actuación de Rajoy se repite en el próximo debate, se pueda producir un cambio en el 30% de voto indeciso. Quedó probado que la mejor defensa es un buena ataque. Fortiter in re, suaviter in modo; no lo duden ustedes.

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