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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Otro decálogo, sobre el lector

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 2 de marzo de 2008, 08:59 h (CET)
El verbo leer no soporta el imperativo, como tampoco lo soporta el verbo amar o el verbo soñar, curiosa esta reflexión que entiende la lectura, el amor y los sueños como deben ser, actos voluntarios, puede que también involuntarios, que nunca deberán ser ejecutados como una orden, porque estos verbos deben salirnos de dentro de nuestro ser.

Así comienza el ensayo “Como una novela” del escritor francés, aunque nacido en 1944, en Marruecos, concretamente en Casablanca, Daniel Pennac. Este profesor de Lengua y Literatura que antes de ser famoso impartiera clase en distintos institutos franceses comenta en dicha obra las condiciones que van a ser necesarias para que podamos disfrutar de la lectura.

Y así lanza un subversivo decálogo, he dicho bien, subversivo decálogo de derechos para reencontrarnos con el placer de averiguar los mensajes que nos proporcionan las palabras mediante la lectura.

Aunque hace años que escribiera esta obra, sus famosos derechos han sido publicados recientemente con motivo de la última exposición de libros para niños y jóvenes de la Exposición del Salón del Libro Infantil y Juvenil del recinto de Casa de Vacas en El Retiro madrileño.

Daniel Pennac nos ofrece el primer derecho de forma contundente. UNO: El derecho a no leer. La libertad de escribir no debe ir acompañada del deber de leer. Se evitará considerar a priori cualquier individuo que no lee, un bruto potencial o un cretino contumaz.

Y en la misma línea nos ofrece el resto de sus derechos descarados y transgresores.

DOS: El derecho a saltarse las páginas. Uno puede saltarse perfectamente los párrafos, páginas o partes del libro que no le interesan.

TRES: El derecho a no terminar un libro. Hay 36000 motivos para abandonar una novela antes del final: la historia no interesa, sensación de haberla leído antes, no gusta el tema... ¿Un libro se nos cae de las manos? Que se caiga.
CUATRO: El derecho a releer. Se puede releer simplemente por el placer de la repetición, la alegría del reencuentro...

CINCO: El derecho a leer cualquier cosa. Se pueden leer malas novelas. A cierta edad pueden estimular el saludable vicio de la lectura.

SEIS: El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual). La satisfacción inmediata y exclusiva de las sensaciones. No porque una joven coleccione novelas rosas acabará tragándose una cucharada de arsénico.

SIETE: El derecho a leer en cualquier lugar. Un ejemplo vale más que mil palabras: el soldado Fulano se presenta voluntario para limpiar letrinas. Es un trabajo despreciable, pero rápido. Un cuarto de hora de bayeta le permite leer las obras completas de Gógol.

OCHO: El derecho a hojear. Se puede abrir Proust, Shakespeare o Chandler por cualquier parte; seguro que proporciona cinco minutos interesantes
NUEVE: El derecho a leer en voz alta. Leer en voz alta para uno mismo o para los otros es un ejercicio estimulante.

Y DIEZ: El derecho a callarnos. Absoluto derecho a no opinar sobre lo que se ha leído antes.

Un auténtico alarde de animar a la lectura sin prohibiciones ni imposiciones, libremente. Y así debería ser nuestra relación con los libros como quien ama o sueña.

La próxima semana aviso que no traeré ningún otro decálogo sobre la reflexión política aunque sería muy interesante hacerlo en cada cita electoral. Pero puede ser de otro tipo. Por buscar decálogos interesantes que no quede.

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