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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

María, hija de mi corazón (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 2 de marzo de 2008, 08:59 h (CET)
(Sigue el de ayer.)

Cierto día me desayuné con una sopa rara, que se me agrió ipso facto, nada más llegar al estómago; pues devino, ¿por arte de birlibirloque?, en sapo; y es que Nuria vino a confesarme que estaba encinta y, tras lo acaecido con Luciana, no se atrevía a seguir con el embarazo; así que me pidió que le dijera a dónde tenía que dirigirse para que alguien le practicara el aborto.

Tras darle mil vueltas al asunto y hablarlo otras tantas con mi marido, mancomunadamente, le hicimos a Nuria la siguiente propuesta: nosotros correríamos con todos los gastos derivados de su educación, si nos la cedía para que se la criáramos. Por supuesto, ella sería siempre su madre y llevaría sus correspondientes apellidos. Yo, que sabía muy bien por qué actuaba de aquella guisa, deseaba fervientemente que aquella criatura en ciernes tuviera unos padrinos que le ayudaran a salir adelante.

Así fue cómo vino al mundo María. Rubia, de grandes ojos celestes, rolliza y risueña, como su madre.

Un día, a la semana cabal de haber enterrado a su esposo, cuando María tenía quince o dieciséis meses de vida, Nuria vino a despedirse, pues había determinado cambiar de trabajo y de aires. Tratamos de persuadirle de lo precipitado de su decisión, pero nuestras palabras fueron en vano, porque no la logramos convencer.

Durante los primeros cinco años, hasta que cumplió seis, siempre le remitió una tarjeta postal, felicitándola por su cumpleaños; pero luego, transcurrido dicho lustro, esta mínima comunicación cesó. Cuando María llegó a la mayoría de edad, revolvimos Roma con Santiago, quiero decir que hicimos mil averiguaciones, pero fueron infructuosas, porque no dimos ni con su madre ni con ninguno de sus hermanos.

María conoce toda la verdad desde los once. Estudió Derecho y hoy trabaja como juez. Me siento orgullosa de tenerla por hija de mi corazón, pero aún más de escucharle llamarme con cariño “mamá”.

Cristina Barú Ardao (más conocida en el orbe literario por su seudónimo, Florentina Baldamero) y E. S. O., un andoba de Cornago

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