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Una inculpación

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 1 de marzo de 2008, 07:46 h (CET)
Entre las más recalcitrantes columnas de opinión embriagadas por “la ola de electoralismo que nos invade”, se destila el cansancio, el hastío, como consecuencia del asfixiante clima que se respira entorno de la campaña, de los partidos, y de sus dirigentes. Las mismas ideas se repiten de columna en columna, y a través de las ondas o de la imagen en los espacios radiofónicos o televisivos. ¿Hasta qué punto la gente ha de participar pacientemente de ese ahogo? Ni siquiera el día de las urnas se intuye como solución, sino, como una breve parada del ascensor que sigue subiendo, y subiendo…

La inculpación a los dos partidos mayoritarios por este clima desestabilizador de la Democracia es inevitable (obvia, se dice para aquello que “está delante de los ojos, y que resulta claro o evidente, que se percibe con sólo observar y que no se puede negar”. -María Moliner. Diccionario de Uso del Español-). Ambos partidos, en todas las legislaturas habidas desde la restauración de la Democracia en España, han dispuesto en conjunto de una mayoría “súper absoluta”. Las distancias que han mantenido entre ellos, establecieron fisuras que se han rellenado con intereses regionales opuestos a los del Estado.

¿Alguien sabe de un partido de fútbol entre dos grandes equipos, en una contienda trascendental, y con unos terceros en discordia correteando por el campo, entorpeciendo, zancadilleando, o llevándose la pelota? Pues algo así es lo que se ha hecho contemplar al resignado público desde el graderío. ¿Qué se puede esperar? ¿Que sigan emocionados el “encuentro”, el “derby”? Inevitablemente surgirá la pregunta: “¿Esto es un partido de fútbol?” Pues haberlo dicho, porque si lo llegamos a saber, nos hubiéramos quedado en casa, o ido, ¡a los toros!... que una corrida, siempre es una corrida…

Las viejas “dos españas”, tan traídas y llevadas, a estas horas de la historia, están acabadillas, y sobreviven a base de cuidados paliativos en una residencia de mayores de la Comunidad con Santiago Carrillo como decano, y Llamazares de médico de día. En las gradas y contemplando ese disparatado partido, está sentada la “tercera” España, la contemporánea. La que, como dicen los castizos, tiene ya “el culo pelado de arrastrarlo por la jaula”, como los monos de la antigua casa de fieras del Retiro madrileño. La España renovada, la que es parte sustancial de Europa, la de las Olimpiadas o de la “expo del agua” de Zaragoza. La que pronuncia el nombre del hijo de “Kirk Duglas”, como “Maiquel Daglas”. La de las becas Erasmus y las “quedadas” por Internet. La que “pasa” de cosas y circunstancias que eran trascendentes para la generación de sus padres y de sus abuelos. La que está “fagocitando” a cinco millones de emigrantes.

Esa misma, que, en el fondo, le importa “un pito” que discurra Solbes o Pizarro, porque lo que quiere es que el trabajo sea fijo, dejar de ser “mileurista” -el que lo sea-, y el que no, llegar a serlo. Que la hipoteca no le desestabilice las cuentas. Que pueda seguir pagando la gasolina sin tirar de tarjeta de crédito. Que el carrito del súper no se ponga a precios de lujo, Que sus hijos puedan ir y venir tranquilamente al Colegio mejor y más cercano. Que pueda disfrutar de algún que otro “puente” en una “casa rural”, y de unos días de vacaciones, mejor, en la playa.

Es la España, que, asombrada, no entiende a qué se juega, y, que, inquiere a los dos clubes que “pueden” arreglar las cosas estableciendo, aunque sea, un acuerdo de “mínimos”: ¿A qué jugamos?

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