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Voto a las luciérnagas
Luis del Palacio
Cada cuatro años al sufrido ciudadano se le pide el voto; un voto que, sumado a otros muchos, decidirá quién habrá de gobernar el país durante casi un lustro. El sistema electoral español basado en listas cerradas, favorece claramente a los dos partidos mayoritarios en pugna, cebándose en una hipotética “tercera fuerza”...
Una tercera fuerza que queda relegada, arrinconada, condenada a ser una suerte de cerro testigo de los que ni están de acuerdo con la versión “a la española” de la política socialdemócrata del PSOE, ni con la neo liberal, en este caso “a la americana”, del PP.Por extraño que pueda parecer, a Izquierda Unida le cuesta casi el doble de votos obtener un diputado, que a los otros dos partidos. Algo equivalente les sucede al resto de las agrupaciones políticas que se presentan a escala nacional. Es muy dudoso que nuevos partidos, como Ciudadanos o Unión Progreso y Democracia, que podrían aportar savia nueva a la mostrenca vida política nacional, sean capaces siquiera de formar grupo parlamentario.
El hecho de votar por este o aquel partido debería obedecer a la confianza que su programa político nos inspira y, por otra parte, a la talla humana e intelectual de sus líderes. Esto último resulta imposible con las listas cerradas y es inevitable que se nos cuele más de un gazapo. Como ocurrió tras la dimisión de Adolfo Suárez, en febrero de 1981, y la subida a la presidencia, por carambola, de Leopoldo Calvo Sotelo; personaje cuyo único “mérito” político fue meternos por decreto en la OTAN, cuando todavía la oposición socialista recogía firmas para apoyar su protesta, amparada en un eslogan ambiguo para los que sabíamos leer entre líneas: “OTAN, de entrada no” (Paradójicamente, algunos años más tarde y con el PSOE en el poder, fue un ex ministro socialista, Javier Solana, quien dirigiría la Alianza Atlántica durante varios años)
Y es que la política entendida como una profesión es en sí una impostura, porque hace que el vecino del 5º, por el simple hecho de militar en alguno de los partidos con representación parlamentaria y haber sido incluido en una lista cerrada, se convierta de la noche a la mañana en “Su Señoría” y goce –entre otras prebendas institucionales- de la aberrante “inmunidad parlamentaria”, la cual nos hace desiguales ante la ley. Quien robe la cartera a Su Señoría el vecino del 5º, tendrá que rendir cuentas ante un tribunal ordinario, pero si este señor (o señora) se convierte en diputado y prevarica, estafa, conduce borracho o nos envenena al loro, gozará de ese estatus privilegiado que ya quisieran para sí Melendi o Farruquito.
Durante cuatro años, el sufrido televidente (es decir, el que se queda de este lado de la pantalla y jamás aparece en ella, como no sea en un concurso; léase: el ciudadano de a pie) asiste atónito unas veces, aburrido otras a una interminable (o casi: dura cuatro años) sarta de mentiras, despropósitos, acusaciones cruzadas, injurias, zancadillas y ofertas absurdas. Cuando se acerca el periodo electoral, los líderes políticos se convierten en “magos de la chistera” (otra impostura) y empiezan a sacar ofertas maravillosas: reducción de impuestos, limosnitas para el contribuyente, subvenciones a neo natos… El cobrador del frac (Hacienda) se pone los tirabuzones rubios de Blancanieves, a ver si se la da a los enanitos, cosa que con frecuencia sucede porque muchos son cortos de vista y no aprecian la barba de tres días. ¡Y rasca, mamá!
Una opción frente al fastidio de ver al vecino del 5º (es un decir; puede ser el del 6º) incluido como un forúnculo en la lista cerrada del partido que nos gusta más o nos disgusta menos, sería hacer un repaso, no de lo que dicen que harán sino de lo que han hecho. Y aquí encontramos que ambos partidos mayoritarios han coincidido, tanto desde la oposición como desde el gobierno, en algo muy negativo: la mentira. Pero me corrijo: el PP dijo la primera cuando aún gobernaba, en las horas y días que siguieron al atentado del 11 de marzo de 2004. Y el electorado les hizo pagar su iniquidad en las urnas tres días después. Por su parte el PSOE ha mentido descaradamente –aunque lo ha reconocido- al afirmar que hubo una ruptura en las negociaciones con ETA, tras el atentado en la T4 de Barajas, el 30,12,2006.
En países como EEUU, la mentira política se paga muy cara. Eso le ocurrió a Nixon, a quien la historia –acaso injustamente- no le recuerda por haber puesto punto final a la terrible guerra de Vietnam, sino por el escándalo Watergate. Aquí nos guiñan el ojo; o peor, nos hacen el gesto de la ceja y pretenden que les riamos la gracia.
Pero hay que votar. Es nuestra única, raquítica opción para alejarnos de los dinosaurios, los encantadores de serpientes y los cuervos del frac.
Esos partidos nuevos son como la débil luz de las luciérnagas entre tanta negrura.
Acaso merezca la pena intentarlo.
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