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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El debate

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 29 de febrero de 2008, 18:50 h (CET)
En Las nubes, la gran comedia de Aristófanes, un joven se encamina hacia la Academia del Pensamiento. Allí ponen en escena un debate en que se contrastan los méritos de la educación tradicional con los de la nueva disciplina de diálogo socrático. Se busca imponer una visión “políticamente correcta” de la vida humana, la asunción por parte del joven de un examen interior y reflexivo donde no exista nada que reemplace la activa búsqueda personal de cada cual. La “vida en examen” socrática, las ideas de Aristóteles sobre ciudadanía reflexiva, las mismas ideas estoicas de griegos y romanos sobre educación que libera de hábitos y costumbres formando personas que puedan actuar como ciudadanos del mundo, lo que Séneca denomina como el cultivo de la humanidad será el ideal para conformar un juicio correcto en el ciudadano.

Me parece indecente y nauseabundo escuchar, después del debate entre Zapatero y Rajoy, la servidumbre obscena que crean los medios de comunicación en los ciudadanos, sólo trascendida desde la propia reflexión sobre lo ocurrido. Los medios de comunicación crean ceguera política, producen ausencia de búsqueda de verdad y objetividad, oscurecida por intereses de grupo que pretenden definir las normas morales de forma que perpetúen su propia superioridad, postergando así la reflexión personal, que es quien debe ejercer una influencia decisiva en nuestra propia democracia.

Hay que liberarse del poder y de los intereses particulares de los medios de comunicación, formarse un juicio reflexivo con el fin de emitir un voto honesto el 9-M. Para ello, es preciso un examen crítico de uno mismo y de las propias tradiciones. La democracia necesita ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, en lugar de remitirse a lo que dice un determinado medio. Este cultivo de la persona y de la humanidad necesita, además, la capacidad de vernos como seres humanos vinculados a los demás por lazos de reconocimiento y mutua preocupación. Aquí sobran los nacionalismos exacerbados, las estrechas lealtades de grupo. Finalmente, la democracia exige siempre imaginación narrativa, pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona, comprender las emociones y deseos que alguien pueda experimentar.

La democracia precisa un juicio meditado sobre el bien general; de lo contrario, la elección democrática, el voto, se convertirá en el simple ejercicio de choques de intereses opuestos. A menudo, las opiniones y decisiones de la gente no son propias. Se dice y se hace lo que se oye, la voz de la indocilidad o de la subordinación a determinados modos de vida. Estas personas nunca se han detenido a preguntarse a favor de qué están y qué están dispuestos a defender por sí mismos como algo propio. Sólo se puede ser un buen ciudadano cuando se hace un examen crítico de lo que de verdad importa. Vivimos en un mundo complicado y desordenado, en una sociedad saturada de sensacionalismo, desconfianza y provocación, donde nada puede sustraerse a la búsqueda personal. Es más fácil comunicar un mensaje sensacionalista (el saludo de Zapatero a los emigrantes o la imagen de la niña de Rajoy) que contar de forma precisa la complejidad real de la nación.

Para una sólida democracia, reflexiva y deliberante, y para cualquier búsqueda permanente de justicia, no hay que dejarse impeler por el mero mundo mercantil de grupos de interés en competencia. Si la democracia busca el bien común, deberá ser capaz de trascender la vorágine infame de dirigismo político invasor, con el fin de razonar acerca de las propias creencias. No es bueno para la democracia que la gente vote basándose en sentimientos que han absorbido de los medios de comunicación y que nunca han cuestionado. La falta de pensamiento crítico produce una democracia en que la gente habla entre sí pero nunca mantiene un diálogo auténtico. En semejantes circunstancias, los malos argumentos pasan por buenos y el prejuicio se confunde con la razón.

La finalidad de la comedia de Aristófanes debe convertirse en nuestra finalidad: una vida sin examen personal e interior no vale la pena. Los fracasos y logros de Zapatero, la confianza mayor o menor en Rajoy, la capacidad de ver el mejor gobernante posible para nuestra nación exige el esfuerzo del análisis personal y la reflexión. La pereza intelectual que nos limita a reproducir las opiniones de los demás, sin demasiada atención a las razones contrarias, debilita la democracia y también malogra nuestra propia vida personal. Tenemos que humanizar la política desde la decencia, el corazón justo y la buena fe. Una propuesta genérica a la hora de emitir nuestro voto es la lealtad al bien del ser humano, así como estar seguros de reconocer el valor de la vida humana en cualquier lugar que se manifieste. A partir de ahí, es necesario seguir buscando.

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