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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Un curioso espectáculo

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 29 de febrero de 2008, 09:36 h (CET)
La noche del pasado lunes, qué duda cabe, deparó un espectáculo insólito, y así lo debieron juzgar los televidentes, que, según ese misterioso contador que se entera de quien “ve o no ve” la tele, y que tan difícil resulta de entender, llegaron a ser 13 millones los que se interesaron por el mismo. También sin género de duda, se había hecho un importante esfuerzo mediático para atraer atención. Y este matiz, del que participaron los contendientes, se hacia muy manifiesto en el Presidente del gobierno cuya actitud, menos ocurrente y con más balbuceos de la que acostumbra, parecía dirigida a conseguir “más votantes” que “votos”. Y, es que, la democracia sin “demócratas” se derrumba sobre sí misma.

El televisor ofreció un programa interesante, también sin duda, y no hubiera defraudado tanto, si tras la interminable campaña electoral que se padece, no hubiera trasmitido más, que, “más de lo mismo”. No hubo sorpresas que amenizaran el guión o despertasen expectaciones. Tanto Rajoy como Zapatero, “aspirantes al título de presidente”, ni siquiera sacaron conejos de la chistera. El ambiente “pugilístico” creado, encorsetó a dos políticos desentrenados en materia de debates. Alguien tiene que añadir la Dialéctica a las materias de enseñanza en el colegio.

Eso sí, la magia del medio parecía como si hubiera ensombrecido el resto de la geografía nacional, y unos potentes focos iluminasen un distante cuadrilátero, con árbitro y todo. Cada candidato creía significar a una de esas dos “españas” de las que tanto se habla, más con melancolía que con realidad de presente. ¿Quién representaba esa “tercera españa”, la actual, la desarrollada, la europea, la que pasa de historia porque no la conoce bien, la del contacto con el mundo entero a través de Internet, la de los cinco millones de inmigrantes?

Ni siquiera captó el interés del censo. Trece millones son, tan sólo, una buena parte de los veinte, que, más o menos, votan fielmente a los partidos mayoritarios. Nadie ha dado una encuesta acerca de las preferencias políticas de los televidentes. Aunque, tampoco es para echarla de menos; no hay encuesta fiable, la desconfianza es la norma de acogida. En este aspecto, tampoco nada nuevo. Ganó el candidato que “cada uno”, previamente, “quería” que ganase, y lo mismo sucede con los medios de opinión. La gente que quería que ganase Zapatero lo ha visto confirmado al comprar el País, o escuchar la Ser, o leyendo a los incondicionales, esos mismos que ante un nuevo artículo de “opinión”, solo han de esforzarse en dar forma a sus opiniones de siempre. Ocurre ese fenómeno de “resonancia”, por el que se escucha lo que se quiere escuchar, y se lee aquello que coincide con lo que se “desea” leer.

Así que, visceralidad aparte, el debate no provocó mayor interés. Los que querían ver salir derrotado a Rajoy, lo vieron, lo oyeron después en las encuestas, y lo leyeron a la mañana siguiente en los medios afines. Y al contrario, los que quisieron, vieron salir “noqueado” y en camilla al Presidente. ¿Entonces, para qué sirve un debate? Esta es la incógnita que quedó flotando en el ánimo de la gente al apagarse los focos y hacerse el silencio en la gran sala. Los animadores del cotarro electoral anunciaron: ¡Al lunes que viene, otro debate!... “Más de lo mismo”, aunque no deje de ser un curioso espectáculo que, sin novedades, distrae.

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