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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

De nuevo la burra al trigo

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
viernes, 29 de febrero de 2008, 09:50 h (CET)
Es posible que me esté cavando un barranco periodístico con esto de los molcajetes, licuadoras y metates, pero no tengo alternativa; y opciones aún menos. De todo el país y del extranjero me llegan correos con nuevos relatos que moverían a risa si no aludieran a nuestra condición de país periférico y dependiente en lo espiritual, y colonizado por un surrealismo ramplón que haría al mismo André Breton poner pies en polvorosa.

Desde Cuernavaca mi antiguo camarada Lenny Ffrench escribe: “Hace unos días quise fotocopiar a color, amplificado a tamaño hoja carta, un cheque expedido a mi favor, porque quería conservarlo como un recuerdo de ‘una vez que sí cobré’. Evidentemente no lo autorizó el gerente de la empresa. No fuera a ser que yo cobrara el original, pero endosara a nombre de otra persona la amplificación a color y defraudáramos al Congreso de Morelos (!), con la complicidad del gerente de Office Max...”

A su vez, mi cuata la Hija de María Morales apunta:

“Tiene toda la razón Jorge González, los molcajetes son útiles y bellos, sobre todo los que llevan tu nombre en colores chillantes y vivos. Son lo más cercano a una piedra de sacrificio individual, donde en lugar de sangre humana exprimimos deliciosos jitomates combinados con chiles, bien aderezados para obtener esas increíbles salsas que nos hacen resoplar de placer al mismo tiempo que nos recuerdan nuestro pasado prehispánico. ¿Quién puede resistirse además a la sonoridad del nombre?

“Por otra parte, ese lado pinche del que habla JG habría que indagarlo con más cuidado. Habría que saber si es un karma, una fatalidad o una adaptación al país, pues trasnacionales que funcionan eficientemente en sus lugares de origen tienen episodios de antología como los que describes. Quizá recuerdes que el año anterior hubo una disputa porque COSTCO de Xalapa no quería pagar impuesto predial: alegaba que eso no está entre sus obligaciones de empresa, porque las tiendas en EU no lo pagan, de modo que se negaban a hacerlo aquí. Eso sí es una mexicanización en la interpretación de los manuales de operación. Pensé: ojalá que el que se niega a pagar el predial se dé cuenta de que en el manual de operaciones no aparece la obligación de respirar para que se muera, pues se lo merecería por burro, con perdón de los pobres jumentos.

“Si todos tus cuates nos impusiéramos la tarea de escribir cuántas veces hemos tenido que vivir pesadillas como ésta, llenarías una enciclopedia. A una amiga intentaron embargarla porque la inquilina anterior le debía a Hacienda. Se presentó en la oficina correspondiente, se identificó, mostró el contrato de arrendamiento, recibos a su nombre; inútil, los inspectores de Hacienda le decían que tenían orden de embargo contra el domicilio, como si los inmuebles trabajaran y pagaran (o dejaran de pagar) impuestos. Tuvo que contratar un abogado por deudas que nunca había contraído. Bien dicen que en México Kafka sería un escritor costumbrista. Cosas veredes Sancho.”

En este contexto del absurdo debíamos buscar la explicación a las frecuentes muestras de penoso comportamiento de legisladores y demás fauna política. A los trastornos que asesta el ejercicio público a tal especie, atinadamente descritos por el llorado Jesús Hernández Toyo (cuyo apotegma he citado aquí con anterioridad: “la política apendeja a los hombres inteligentes, y enloquece a los pendejos”), hay que añadir una patológica propensión al teatro del absurdo.

¿De qué otra manera explicar que un alcalde neoleonés insista en construir un muro para “frenar a la delincuencia” en su pueblo? Sí, un muro. No aplicar la ley, no capacitar y armar a la policía, no investigar y capturar a las bandas criminales… nada de eso. Su propio muro de pellejos de arrachera y huesos de cabrito. Y el asunto está en la agenda pública de aquel estado. ¡Bendito Dios!
¿Y la conducta de algunos representantes, tan contraria de la que cabría esperar en quien tiene en sus manos la confección de las leyes de la República? Por ejemplo, las nuevas disposiciones antitabaco. El martes pasado un perredista cuyo nombre no retuve, prendió un cigarrillo en “la más alta tribuna”. Cuando el presidente le recordó que estaba en un recinto declarado “libre de humo”, el tipejo se limitó a decir que “lo sabía” y procedió a defender su derecho al enfisema con desafiantes bocanadas de humo trepado en “La Mortadela”. Valiente legislador. Gallardo representante popular. Bizarro defensor de la ley. Y en el Senado, José Luis Lobato anunció que buscará el amparo de la justicia y además fumará en su curul como silenciosa protesta. ¡Acabáramos! Quisiera ver a estos padres de la Patria viviendo en Zongolica con las comunidades más miserables, “en silenciosa protesta” por el abandono en que están, o arriesgando la vida en una caravana de migrantes por el desierto de Arizona, en un igualmente circunspecto “yo acuso” por una política de desarrollo que ha fomentado la expulsión al extranjero de los más vulnerables y la concentración de la riqueza en unos cuantos. Estos señores de verdad creen que se mandan solos, que están por encima de los electores.

Veo estas y otras operetas, y viene a mi memoria la famosa respuesta de Edward Everett Hale, capellán del Senado de los Estados Unidos, cuando alguien le preguntó si rezaba por los legisladores. “No”, dijo. “Veo a los senadores… ¡y rezo por el país!”

Molcajeteando
Hace 33 años, el 21 de febrero de 1975, un juez estadounidense mandó a prisión a cuatro de los más cercanos colaboradores de Richard Nixon, el presidente norteamericano depuesto en la secuela del escándalo Watergate: el ex procurador general, John Mitchell; el ex jefe de personal de la Casa Blanca, H. R. Haldeman; el ex consejero para asuntos domésticos, John Ehrlichman y el ex asesor legal de la Presidencia, Robert C. Mardian.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.

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