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Etiquetas:   Carta al director  

Los hombres del 98

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 28 de febrero de 2008, 06:53 h (CET)
“Y así la bola de la historia rueda...
¡generación de las generaciones1 ¡viva, pues la, definitiva! ... y todo
¡generación!”


Miguel de Unamuno.

La época presente comienza en España con la generación que se llama de 1898. Los autores del 98 no son solo glorias oficiales, sino figuras vivas que forman parte de nuestro mundo, que apasionan o que irritan, con quienes se discute, de quienes se recibe estímulo, cuyas críticas se temen: más viva que muchos vivientes.

No es menester insistir en que la fecha de 1898 no determina la significación de la generación así llamada, sino que fue el revelador de esa actitud, iniciada ya algunos años antes (en los primeros libros de Unamuno, como En torno al casticismo, de 1895, o Paz en la guerra, de 1897; en la obra entera de Angel Ganivet, muerto en 1898). La “entrada en la historia” de esa generación, como un personaje del drama histórico, correspondería a 1901, que es cuando empieza a perfilarse su figura. Este nuevo grupo aparece asociado a lo que se llamaba, de manera bastante vaga, modernismo, y los escritores y artistas de la generación del 98 fueron llamados casi siempre “modernistas”, con un matiz normalmente desdeñoso y hasta agresivo. Lo que ocurre es que el término “modernismo” no designa un periodo, menos aún una generación, sino una tendencia o escuela, y de hecho algunos hombres del 98 fueron modernistas y otros no.

Si se piensa en escritores y políticos, hombres definidos por la palabra, ya que la oratoria fue esencial a la política hasta hace pocos decenios; en la generación del 98 se encuentran Unamuno, Ganivet, Costa, Baroja, Azorín, Maeztu, Valle-Inclán, Blasco Ibañez,, Antonio y Manuel Machado, Beravente, Rubén Darío, Menéndez Pidal, Besteiro, Alcalá Zamora; sin olvidar los músicos Albéniz, Falla y Granados, que completan la imagen de la generación.

La autenticidad, la inevitabilidad del ejercicio intelectual, literario o artístico, el no tener más remedio que hacer lo que se hace, es lo que define a los autores del 98. Tienen conciencia del elemento de falsedad del mundo vigente -por lo pronto, casi solamente de eso-, el “desastre” de 1898 actúa como revelador que descubre la dimensión de insinceridad, inercia y aplazamiento de las verdaderas cuestiones que había caracterizado el tiempo de la Restauración. De esa impresión de naufragio nace la musa de la época.

Entran en cuentas consigo mismo y en su situación, aceptan la realidad, reconocen que es tal como es, pero como la encuentran inaceptable, su actitud es inconformista y polémica. Sin embargo, hay que entender esto bien; más que discutir -lo cual supondría entrar en el juego, aceptar los supuestos de la época anterior- van a otra cosa. Por eso se trata de una generación excepcionalmente creadora.

El contacto con la realidad, la forma de posición de ella -desde el paisaje a la historia y la literatura y los problemas vivos-, es de una intensidad desconocida. Al lado de la obra de los hombres del 98, todo lo precedente parece “convencional”. Ese cambio de óptica, esa desnudez del ojo que mira inquisitivamente, reprimiendo la realidad, viéndola en estado naciente, es lo que caracteriza la obra de esa generación, lo que la mantiene viva, con una increíble frescura, todavía hoy. Y como dijo don Miguel de Unamuno. “Cántame aquella canción / que me fraguó el corazón”.

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