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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Compensación

Marino Iglesias Pidal
Redacción
martes, 26 de febrero de 2008, 21:19 h (CET)
El sol hacía brillar la vida que se manifestaba con un abrazo capaz de llenar todos los sentidos.

Me tendí a su lado sobre el lecho acogedor que ofrecía la joven hierba. Tomé levemente su talle para tenerla frente a mí. La miré en silencio mientras le ofrecía mis pensamientos sin palabras que los pervirtieran, sin palabras que adulteraran el rumor con que la vida les susurra a las almas. La sentí tan frágil y delicada...

La acaricié sin tocarla, temeroso de profanar su pureza. Las yemas de mis dedos recorrieron su blanca desnudez a esa sutil distancia en que es el aire el que transmite toda la intensidad de la caricia.

Cerré los ojos entonces tratando de hacer de éste un presente que lo fue hace mucho tiempo. Los sentidos percibían el mismo abrazo de la misma vida... pero ni ella ni yo éramos los mismos.

Noté las lágrimas deslizándose por mis mejillas. Una por cada pétalo que, en un gesto pueril, le fui arrancando a la margarita de aquel presente que lo fue: ¿me quiere? sí, no, sí, no…

Me siento frente al PC. El monitor me ofrece la manaza que, más que sujetar el tallo de la rosa parece estar atenazando el cuello del enemigo con ánimo de estrangularlo, y sobre ella la flor, cuyos pétalos, lo veo con claridad, no son sino las viperinas lenguas de los líderes y fanáticos de la formación que simboliza. Le prodigo un generoso rociado con éter etílico, no quiero causar dolor. Las comisuras de mis labios se separan en busca de las orejas mientras, en un gesto justiciero, voy arrancando uno a uno los pétaloslengua, ja, ja, ja…

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