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Etiquetas:   Mujeres del Siglo XXI   -   Sección:   Opinión

Anna Permanyer

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
martes, 26 de febrero de 2008, 06:07 h (CET)
Generalmente, la campaña electoral, los debates y el cruce de improperios entre los líderes políticos suelen empañar informaciones que serían noticia de portada en muchos diarios. Esta maquinaria de publicidad y propaganda diseñada para manipular el comportamiento del ciudadano, para conseguir rédito político, nos impide comprender el dolor y la desesperación que se siente al ver, por ejemplo, que “a los delincuentes les está permitido mentir, engañar y ocultar pruebas en los procesos judiciales. Que no es ilegal. Que con la ley en la mano y las garantías procesales pueden convertir un juicio en toda una confusión”.

Esto es, precisamente, lo que siente la familia de la psicóloga Anna Permanyer, desde el pasado lunes 18 de febrero.

Seguro que todos, especialmente los barceloneses, recuerdan esos días en los que la ciudad se llenó de carteles de Anna, desaparecida el 27 de septiembre de 2004 y que desgraciadamente, su cadáver fue encontrado diez días después en un paraje cerca de Sitges con signos de violencia y asfixia, ya que tenía la boca tapada y varias bolsas en la cabeza

Los que les conocen, no es este mi caso, cuentan que su familia está inmersa en una cruzada para que se haga justicia porque sienten que se lo deben a su madre, a su esposa. Para ellos es importante que la opinión pública conozca determinados aspectos del juicio puesto que se hace por jurado popular. “Todo dependerá de lo que dictaminen nueve miembros de un jurado popular en principio escogidos al azar. Las consignas son que ante cualquier duda deben votar inocente y que es preferible un culpable suelto que un inocente en prisión. El jurado, no preparado y que naturalmente no ha vivido los hechos, es normal que tenga miedo a acusar porque siempre caben resquicios de dudas aún en las evidencias más claras. Nuestra sensación de desamparo es total”, dice José Manuel García Canta, marido de Anna, en una carta que escribió hace unos meses.

Una carta, de la que les transcribo algunos párrafos, que no solo refleja cómo se siente José Manuel y su visión de la justicia actual, sino que es un testimonio enternecedor de que “el verdadero amor no se reduce a lo físico o a lo romántico; el verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya nunca podrá ser”.

A MI QUERIDA ANNA
Hasta hoy no he sido capaz de escribirte nada, ni de ir a ver el lugar donde dejaron tu cuerpo, ni al cementerio a llevarte una rosa; sé que ahí no hay en realidad nada pero temía no poder resistirlo. Hoy lo he hecho… Estoy roto pero más fuerte que nunca. En casa hay un equilibrio casi perfecto, todos nos ocupamos de todos y estamos pendientes de los signos de los demás. Nadie se permite demostrar flaquezas porque todos saben que si alguien flaquea el resto nos venimos abajo. De modo que estamos animados.

El peque duerme conmigo desde tu desaparición, bueno, desde el segundo día porque el primero nadie durmió. Por las noches noto que está al lado, su calor como si fuera el tuyo, a veces me abraza o se acurruca como hacías tú, o me clava una rodilla, es un encanto, tiene tus mismos preciosos ojos azules y muchos rasgos tuyos, y cuando habla se palpan las miles de conversaciones vuestras y vuestra complicidad, se transparenta su bondad. ¿Hemos hecho bien Anna de educarlos así o hubiera sido mejor enseñarles a ser más duros con los demás? ¿No hemos enseñado a nuestros hijos a ser demasiado buenos y ahora van a recibir bofetadas por todas partes? Quiero creer que no. Lo hicimos bien, podemos estar orgullosos de tener cuatro hijos sanos, fuertes, inteligentes, felices y equilibrados, que entre los dos conseguimos mostrarles los principios de grandes valores inequívocos para nosotros y que ellos desarrollarán, modificarán o rechazarán en libertad.

Nuestra vida ha sido rica, no hemos parado, podemos estar satisfechos porque pocas personas han tenido una vida tan llena, tan intensa. Disfrutamos de todo, te gustaba la gente auténtica, las personas sin recursos, los indigentes te encantaban, admirabas a los que vivían felices con pocos medios, los gitanos eran todos guapos para ti, los indios pobres de la India, los árabes de a pie, no te gustaban los pijos, los chulos, los prepotentes ni los adinerados que considerabas que no vivían la vida; siempre pensamos que la autenticidad era mucho más fácil de descubrir desde la escasez que desde la abundancia. Estabas orgullosa de que tus hijos llevaran el apellido más numeroso del entorno y huiste siempre de cualquier posición de culto al ego individual o de nación, de significación o de prestigio.

Mirando a uno de nuestros hijos recién nacido recuerdo que dijiste un día: “tienes razón, dar vida es una de las pocas cosas que tiene de verdad sentido propio”. Lo que se da revierte. Tú has dado tanto cariño que has dejado completamente llenos a los que han compartido de cerca tu vida.

Nuestra vida en común ha sido prácticamente casi toda nuestra vida desde los veinte años tuyos, veintiuno míos. Nos educamos el uno al otro y aplicamos genialmente la fórmula de que en pareja uno más uno es igual a uno más uno y no dos, ni dos en uno; nunca nos agobiamos uno al otro y por eso nunca nos cansamos el uno del otro. Sabíamos tan bien cómo pensábamos uno y otro y nos construimos tanto la personalidad individual en común que prácticamente hay cosas que no sé si son de origen tuyas o mías. Me complace ahora pensar que a través de mis ojos, mis oídos y mi cerebro sigues viviendo en mi porque yo soy tú en cuanto que estás presente en mi. Yo soy en gran parte obra tuya como tú fuiste en gran parte obra mía.

Cariño, siempre te llevaré dentro y siempre te querré.

Tu marido.

José Manuel García Canta.

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