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Can boadas en peligro

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 25 de febrero de 2008, 06:11 h (CET)
La especulación inmobiliaria que estos últimos años sacude a las grandes ciudades hace cambiar la fisonomía de las mismas y cuando después de algunos años sin viajar a alguna gran urbe el viajero vuelve a la misma lo más habitual es que se encuentre con que los lugares de sus recuerdos han sido alterados o han desaparecido bajo la piqueta destructora o un maletín trufado de euros. Si nunca volvemos a bañarnos en el mismo río tampoco volvemos a pasear por las mismas calles, es el peaje que tenemos que abonar por los tiempos modernos en los que nos ha tocado vivir. Aunque siempre nos queda algún que otro oasis ciudadano en el que la especulación y el cambio han quedado anclados en sus puertas. Es el caso de la coctelería Boadas en Barcelona que ahora se ve amenazada por la posible ampliación de uno de esos horribles establecimientos de comida rápida que desde hace algunos años invaden los rincones más céntricos de nuestras ciudades.

En la calle Tallers, esquina con la Rambla de Canaletas, está Boadas, un pequeño local que desde que en 1933 Miguel Boadas Parera, nacido en La Habana pero con ascendentes en Lloret de Mar, lo abrió no ha dejado en todos estos años de cumplir con la máxima bíblica de “dar de beber al sediento”. Por este pequeño local, que sigue conservando todo el estilo de la época en que fue inaugurado, ha pasado el “tout” Barcelona. Acodadas en su barra son ya varias las generaciones que han iniciado desde allí sus periplos nocturnos por la ciudad y hoy sigue siendo un remanso de paz en el que refugiarse después de una larga caminata por las atiborradas Ramblas. El “boadas”, el cóctel de su inauguración, sigue siendo uno de los más solicitados, y los camareros siguen agitando la coctelera con el hielo, 1/3 de curaçao, 1/3 de bubonnet y 1/3 de excelente ron blanco. Si entran al Boadas y no saben que pedir déjense aconsejar por cualquiera de los camareros que, seguro, le ofrecerán la mixtura de licores más apropiada a la hora y el momento.

Mientras se saborea un Martíni Dry preparado a la antigua usanza, ginebra muy seca y un toque de vermouth francés, es fácil tropezar con la sombra del detective Carvalho quien en infinidad de ocasiones recaló en uno de los taburetes del local junto con Biscuter o su eterna novia Charo, o, tal vez, con el recuerdo permanente del creador de todos ellos, Manuel Vázquez Montalbán, frecuentador de la barra del “Boadas” y a quien estos días se rinde homenaje sirviendo un cóctel que lleva su nombre y que se compone de Dry Martíni especial con ginebra Bombay y Noilly Prat. Les aconsejó iniciar así la noche para continuar con una cena en Can LLuís en la calle de la Cera y local emblemático en la ruta gastronómica del desparecido Manuel Vázquez Montalbán. Pidan una Olleta d’Alcoi, un cabrito al horno y un “Xinés de Can LLuis” para postre, todo regado con un excelente cava de la casa y una copita de Jack Daniel’s. Después, un digestivo paseo por la Ronda de Sant Antoni para volver a la calle Tallers y a Boada, de nuevo, para continuar la noche que puede ser larga. Ya Ignasi Riera, también habitual de Boadas y Can Lluis, escribió que “Es imposible hoy, sin tener presente Can Boadas hablar de las Ramblas barcelonesas”, y si esa noche el Barcelona ha ganado alguna cosa desde la puerta de Boadas podrán ver a los hooligans culés festejar el evento alrededor de la fuente de Canaletas.

Ahora todo esto está a punto de irse al garete. Los propietarios del edificio, al parecer, quieren venderlo al mejor postor, en este caso los vecinos de Boadas, una de esas franquicias de comida rápida, que quieren ampliar el negocio y cambiar los estridentes neones por las nobles maderas del local. Una vez más la especulación está a punto de hacer desaparecer un local emblemático de la ciudad, toda una institución ciudadana a la que hace tan sólo dos años el Ayuntamiento de Barcelona otorgó el galardón de “Arrelats a la ciutat”, es decir “enraizados en la ciudad”. Es ahora el momento de que los representantes del municipio defiendan, con uñas y dientes, este emblema barcelonés que desde 1933 es pasó obligado para la mayoría de visitantes de la ciudad. Como dice Sabina en “Noche de bodas” “que no te cierren el bar de la esquina”, ya que cada vez que cierran un bar en la esquina de nuestras almas es un trozo de nuestra pequeña historia que nos arrancan. Dentro de muchos años, cuando las nieves del tiempo hayan blanqueado totalmente mi cabeza y tenga que ir apoyándome en un bastón quiero poder seguir acudiendo a Boadas a escuchar el tintineo del hielo mientras un experto barman agita la coctelera llena en la justa medida con esos elixires de la vida que son los diversos licores.

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