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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El discurso del presidente

Ana Abella Santamaría
Redacción
lunes, 25 de febrero de 2008, 07:01 h (CET)
(Nueva versión del “traje del emperador”)

Erase una vez un presidente de gobierno muy ambicioso y presumido. Cada día hacía llamar a su asesor de imagen para consultarle su nuevo peinado, corbata, traje y posturas que debería adoptar ante las cámaras de televisión. También cada jornada ensayaba ante el espejo frases que diría ante el Congreso, o en las ruedas de prensa o en los mítines del partido. Y cuanto más comprobaba que bajaban los índices de popularidad, más tiempo permanecía en el espejo.

Un día al Presidente le llegaron rumores de la llegada al país de un secreto e importante relaciones públicas americano, que si bien aún su curriculum no había sido corroborado por el ministerio del interior, eran de dominio público sus hazañas en el ámbito político. Se decía que era él y no otro, quien con sus consejos discursos y puestas en escena había conseguido que vaqueros y actores de cine hubiesen llegado a presidentes de naciones, a secretarios de estado y a directores de grandes multinacionales. De modo que el presidente, animado por tan buenos pronósticos, ordenó a sus subalternos que sin demora se pusieran en contacto con él y le contrataran sin escatimar gastos.

Héctor, que así se llamaba el susodicho, no era otro que un farsante, amante de la buena vida, que hábilmente se había introducido en la “jet set” política y con insinuaciones veladas se había construido un curriculum tan importante como falso.

Una vez conocida la inesperada oferta presidencial, Héctor se hizo de rogar, en parte por subir su cotización económica, y en parte porque no sabía aún cómo adornar su asesoramiento para que fuera creíble. Y cuando la oferta fue tan elevada como ilógica, aceptó hacer un proyecto único que por su importancia requería una elaboración minuciosa y lenta. De ese modo, teniendo todos los gastos cubiertos, permaneció en el país durante meses viviendo de forma fastuosa.

Pero las nuevas elecciones se acercaban y el presidente, carcomido de impaciencia, ordenó a su secretario que trajesen al nuevo asesor a su presencia en coche oficial, para conocer de una vez la marcha de tan espectacular plan. Héctor se presentó entonces con un gran portafolios de piel repujada y letras de oro en su lomo, en cuyo interior no había más que papel en blanco. Añadió que había escrito todo el proyecto con la llamada tinta inteligente, que solo los interesados de gran capacidad intelectual podían leer. De ese modo todo el documento sería secreto, y así podría llevarlo consigo a cualquier lugar para poder recordar las frases más importantes, sin temor a indiscreciones ajenas.

Como el Presidente no veía nada, se lo pasó a su secretario, que sin querer parecer tonto, contestó que era muy completo e interesante. También recabó la opinión de sus ministros, quienes alabaron la nueva técnica de comunicación de masas. Solo el asesor de imagen oficial, que a su vez había conocido varios mandatarios, desconfiaba del intruso americano. A él se le atribuía lemas y mensajes que habían sido decisivos en varios comicios: “Puedo prometer y prometo”; “Vota al cambio”; “España va bien”, “Libertad con Z”…

Sin embargo el Presidente, desoyó sus consejos. Y un tanto perplejo, pero dispuesto a no perder lo invertido, dijo: “Muy bien. No obstante como necesito un tiempo para leerlo detenidamente, agradecería que me adelantases al menos algunas de las frases que no debo olvidar”. Y Héctor le contestó las primeras que le vinieron a la mente, añadiendo que era de gran efecto utilizar mensajes desconocidos por los mortales. Y sin ningún rubor comenzó a recitar: “ Jerese Tali gilistimo”; Chungalai cantulete agunji y Pumpa lonte Chin chalón. Mil euros, Ochenta mil, Dieciocho mil…”

Con tan poco bagaje, ya que en espera de nuevas ideas, había dejado de ensayar otros discursos, el presidente se dirigió al mitin popular con el que se iniciaba la próxima campaña. La asistencia de público era masiva. Gran parte de afiliados y curiosos llenaban las gradas. A una señal se hizo el silencio. Y el presidente comenzó diciendo:
“Jerese tali gilistimo”… Y cuando al final dijo “Dieciocho mil”, el aplauso fue apoteósico.

Cuando el silencio se iba restableciendo, un micrófono abierto y perdido entre la multitud, permitió escuchar la voz de un niño que decía: “Mamá ese señor está loco, no sabe hablar, dice tonterías ¿Y qué vende?” Entonces un coro de voces murmuró “El niño tiene razón”… Pero el himno del partido apagó sus voces y el presidente pudo seguir su absurdo discurso.

Y aunque resulte difícil creer, aquel año también ganó las elecciones, y fue de nuevo Presidente. Ah!: Y las frases más ininteligibles fueron estudiadas por todo tipo de expertos y algunos llegaron a decir que eran idiomas satánicos. Claro que estos pertenecían a la oposición...

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