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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Tiempo de farsa

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 23 de febrero de 2008, 07:30 h (CET)
Cuando un proyecto cualquiera ha cumplido su propósito y su historia, ha naufragado y ha muerto, víctima de corrupciones innumerables, las olas lo escupen en las costas de la retórica, donde cadáver, pervive largamente. Cayendo en la trampa de lo arcaizante, se busca en ese hijo muerto un modelo para la situación presente. Sin embargo, Grecia que nos educó, nos soltó las lenguas y nos hizo indiscretos a nativitate. Decir que la crispación es monopolio del PP y que la Iglesia añora su pujanza de antaño en la sociedad es una elocución banal, típica del gárrulo, petulante y ajena a la verdad. Rescatar a Felipe González en campaña electoral para contarnos esto significa miedo, mucho miedo a la derrota.

Cuando se vive un tiempo de “tensión” como es el de la campaña electoral, la nervosidad lleva de un modo inexorable al espectáculo de aflorar los defectos y la torpeza; se encamina incluso a la violencia, expresada y hasta sublimada en la intolerancia, como lo manifiestan los actos radicales y totalitarios ocurridos recientemente en tres universidades españolas.

El romanticismo se enamoraba de otros pueblos, por ser otros. Pero en España sucede lo contrario. Desde hace un tiempo nos hemos convertido en una nación con nacionalismos excluyentes y envidiosos, movidos por la codicia, amparados y protegidos por el Gobierno, cabezas incapaces de hacer nada juntos, grupos herméticos y de visión ideológica profundamente angosta. Somos una nación con una nueva burguesía que reinventa el Estado, al que ponen a su servicio y les hace sentirse omnipotentes; neoburgueses de bajo sentido de la responsabilidad que andaban mal de cabeza y peor de bolsillo, sometidos al antiguo régimen como ahora lo hacen al nuevo. Nuestro presidente ha infundido a la nación una actitud irresponsable ante la vida: creer que somos sujetos de ilimitados derechos, donde se favorecen atroces particularismos secesionistas y demandas de cuatro niñatos encabritados y engallados cuando el poder se les entrega o cuando se manda mal.

La batalla ha comenzado. No hay vencedor, por eso se combate. El enemigo existe y es poderoso. Al uno le conviene dramatizar y exagerar, siendo menos necesario o exigido su gesto cuanto más extremo se adivina; le importa con petulancia solemnizar la mentira al no reconocer con más dignidad errores cometidos (nefasto vicio, porque casi toda promesa que se ostenta se antojará internamente falsa). Al otro (léase lo relativo a la cosa del matrimonio homosexual o al aborto) le va mejor tratar de no decir lo que dice, de insinuarlo y eludirlo. Comienza así un ventarrón de farsa general y omnímoda, donde sólo desde la deliberación moral e intelectual podrá responderse con honestidad a una instancia superior, trascendiendo cuanto en este tiempo canalla de enredo electoral se nos diga.

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